Barcelona, 6 mar (EFE).- José Mario Santos Mourinho Félix (Setúbal, Portugal, 26-1-1963), entrenador del Chelsea inglés que mañana, martes, se enfrentará al Barcelona en los octavos de final de la Liga de Campeones, ha logrado crear en torno a su figura un debate tan intenso que le ha convertido en el gran protagonista de la eliminatoria y, probablemente, en el técnico más famoso del mundo.
Mourinho ha completado su propio personaje a fuerza de éxitos incontestables, pero también de declaraciones arrogantes y soberbias.
En un mundo políticamente correcto y dominado por el tópico fácil, el portugués es la excepción: ganador nato, soberbio por naturaleza, enamorado de sí mismo, no le tiembla la voz al proclamarse el entrenador número uno del mundo u otras lindezas por el estilo.
En pocos años, Mourinho ha experimentado una metamorfosis casi novelesca, pero que no sorprende a sus más allegados, porque desde que supo que no llegaría demasiado lejos como jugador, proclamó que se convertiría en un técnico de éxito.
Nacido en Setúbal, una ciudad cercana a Lisboa de marcada tendencia comunista, y criado en los últimos años del régimen de Salazar, el ahora entrenador del Chelsea respiró fútbol desde sus primeros años. Su padre, José, fue portero del Vitoria de Setúbal y llegó a ser internacional con Portugal.
Cuando su progenitor se convirtió en entrenador, el joven José se encargaba de los informes del rival. Su madre, profesora, depuraba la redacción y corregía las faltas de ortografía. Poco a poco fue creciendo como técnico, al tiempo que se licenciaba en Educación Física, especializado en metodología del deporte.
En los primeros 90 vinculó su destino al de Bobby Robson. Fue su ayudante en el Sporting de Lisboa y en el Oporto, pero la afición se quedó con su condición de traductor. Técnicamente, sin embargo, Mourinho era el intérprete del británico, porque el portugués acostumbraba a multiplicar, reducir o minimizar el mensaje de su superior. Sus dotes de psicólogo ya se filtraban sin remedio.
Llegó al Camp Nou sin hacer ruido, a la sombra de Robson, y continuó en el club azulgrana con Louis van Gaal. Pasaban los años y 'Mou' continuaba su lento aprendizaje para alcanzar su sueño de ser el mejor del mundo.
La hora de la graduación le llegó en 2000: el Benfica le ofreció dirigir al equipo lisboeta, en su primera prueba como entrenador titular. Caló hondo en la afición -especialmente tras derrotar por 3-0 al Sporting-, pero dejó el club cuando Manuel Vilarinho obtuvo la presidencia y apostó por otro técnico, Toni.
Tras un exitoso paso por el Unión Leiria -colocó al modesto conjunto luso en el cuarto puesto-, aterrizó en el Oporto, donde comenzaría su irremediable carrera hacia lo más alto: con los 'dragones' lo ganó todo y, desde ahí, lo ya conocido. Fichaje astronómico por el Chelsea, dinero a raudales, compra de jugadores meteóricos y fama en ambos sentidos, odiado por unos e idolatrado por otros.
Fiel reflejo de entrenador omnipresente, acostumbrado a acaparar toda la presión para liberar a sus jugadores (a los que no duda en censurar públicamente cuando lo considera oportuno), la figura de Mourinho ha recibido miles de análisis desde que se instaló en Londres.
Uno de ellos, especialmente significativo, apareció publicado en 'The Observer' el pasado 19 de febrero. El artículo compara a 'Mou' con 'el gran dictador', al hilo de aquel personaje inolvidable de Charles Chaplin, y asegura que su perfil responde a algunos de los vectores que marcaron el régimen de Salazar: familia, religión y política.
Casado con Tami, una mujer de origen angoleño procedente de una familia arruinada tras la caída de Salazar, Mourinho concuerda a la perfección con la filosofía capitalista de Roman Abramovich, el multimillonario dueño del Chelsea. "Soy de derechas. Ser de derechas en Setúbal es más difícil que ser del Oporto en Lisboa", llegó a declarar.
El portugués también ha registrado su nombre para evitar que otras empresas lo exploten económicamente y su mujer cuenta con un asesor personal para hacer sus compras en 'Harrods'.
La religión ocupa un lugar primordial en su catálogo. En un curioso síntoma divino, la televisión portuguesa llegó a interrumpir su información sobre la agonía del Papa Juan Pablo II para referirse a la amenaza de Mourinho de dejar el Chelsea al término de la temporada.
En su etapa como técnico del Oporto, instó a sus jugadores a actuar en función de tres ideas básicas: "la Liga de Campeones, Dios y yo", una sentencia que condensa tanta arrogancia como fe en sí mismo.
A fuerza de palabras altisonantes y de maestría psicológica -maneja el vestuario como pocos-, convencido incluso de tener facultades telepáticas, Mourinho es lo más parecido a un caudillo que puede ofrecer el fútbol actual.
A 'Mou' le encanta sentirse observado -"será fantástico que 80.000 personas me silben en el Camp Nou"- y, aunque la prensa inglesa ha encontrado en él un eterno tema de debate, siempre ha dicho que se encuentra muy a gusto en el país fundador del fútbol.
No en vano, en Londres ha encontrado fama, dinero, reconocimiento e incluso patrocinadores propios (la empresa Samsung aconseja a sus posibles clientes utilizar el mismo móvil que 'Mourinho' para alcanzar el éxito).
También el cariño de la afición del Chelsea y de casi todos sus empleados: dicen quienes le conocen que, pese a su imagen de prepotencia incurable, pese a sus problemas con la UEFA, con la Federación Inglesa, con Rafa Benítez o Arsene Wenger, Mourinho es una persona atenta y encantadora con todo el personal del club, especialmente con los menos cualificados. EFE
Xav/dar