Por Luis Villarejo
Madrid,19 abr (EFE).- Luis Enrique sacó de nuevo su orgullo para devolver la dignidad a un club, que se tambalea en la Liga y que promete sin alzar la voz en Europa. 'Lucho' fue el 'Lucho' de las grandes ocasiones. El que se envalentona, al que le hierve la sangre cuando ve enfrente una camiseta del Real Madrid.
Luis jugó contra todos. Se picó con Helguera, llegó a las manos con Zidane, protestó al árbitro -Muñiz Fernández-, que es paisano suyo, y desquició a un público, que se quedó con las ganas de lanzarle de todo y que afortunadamente se guardó la batería de objetos para tirarla a la basura.
El asturiano, acostumbrado a la bronca anual del personal de su antiguo equipo, se llevó de recuerdo el cántico habitual de "Luis Enrique, tu padre es Amunike". A él no le afecta. Hace años que no sólo no le resta fútbol, sino que además la frasecita con rima le genera un efecto multiplicador de motivación.
Luis Enrique sabe que es el alma de este equipo, que es casi el escudo entero de esta entidad, cuyo entorno antes del partido era un poema. Nunca un equipo del perfil del Barcelona aterrizaba en el Bernabéu con tanto victimismo. De eso era consciente el futbolista asturiano, que tiró de energía, de vitalidad y de amor propio para intentar pintar la cara al Madrid.
Lucho hizo un primer tiempo inteligente. Enredó y estuvo en todas las salsas. Antic, en el banquillo, apretaba los puños. Su carácter es el que pide a gritos a diario. Anda buscando Antic desde que firmó en el Camp Nou, un 'heredero de Stoichkov', un futbolista por el que el técnico sentía especial aprecio.
Así que sabiendo Luis Enrique como Antic, que jugando lo que es jugando al fútbol, era misión casi imposible tumbar al Madrid, Lucho se encomendó a una batalla personal que terminó desquiciando al Real Madrid durante veinte minutos. Con el 1-0 de Ronaldo, el 21 del Barca le enseñó los dientes a Helguera con una suela que le sirvió para llevarse una cartulina amarilla de regalo.
Los decibelios subían. Luis Enrique mandaba a la red un balón cuatro minutos después. Se fue lanzado a celebrarlo a un córner. Cayeron cosas, pero no voló ningún cochinillo. Para celebrarlo, un gesto más de provocación para poner un poquito más caliente al abonado del Madrid. Luis se señaló el nombre que lleva al dorso y mandó su mensaje: "Aquí estoy yo".
Y es que Luis Enrique jugó al límite. Y condujo al equipo azulgrana hasta donde pudo. Extenuado, acelerado, no paró de pedir la amarilla para Zidane, hasta que logró su objetivo en el minuto 66. Ubicado de segunda punta, buscó la espalda a Hierro cuando pisaba el área, entre líneas hizo mucho daño a su rival y se puso el mono de trabajo bajando a oxigenar y a tapar a Figo cuando pudo.
Pasaban los minutos y Antic, con su gesto de siempre de echarse mano al nudo de la corbata, se ponía cada vez más ancho en el banquillo. Sudaba, se ponía de pie y veía que ese milagro de no perder en el Bernabéu estaba cerca.
Si este mediodía cuando le visitó su nieta en el hotel Villa Magna alguien le hubiera dicho a Radomir Antic que el Barca iba a crear tantos problemas al Madrid seguramente no lo hubiera creído. A los 80 minutos, Antic dio descanso a su jugador preferido. Lucho se fue al banquillo en medio de una pita histórica. Cedió su brazalete de capitán a Puyol. Y entró en su lugar Riquelme. El argentino triste que salió para dormir el balón. Fue un cambio simbólico. Luis Enrique estaba agotado. Y pareció como si Antic le quisiera mandar un mensaje a Riquelme. Algo así como si luchas, peleas y te entregas la mitad que Luis Enrique, algún día podrás ser grande en esta entidad, que es algo más que un club. EFE
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