Madrid . El australiano Lleyton Hewitt ha derribado todos los pilares que han sostenido el tenis mundial en los últimos años y, con tan sólo 20 años, se ha encaramado a la cima del olimpo con un juego que asusta a sus rivales por la potencia de sus golpes y la fiereza de su mirada.
La osadía de su juventud le ha llevado a pasar por encima de un mito actual del tenis australiano, su compatriota Patrick Rafter, y, sin mirar atrás, ha tomado un relevo que no está dispuesto a ceder fácilmente.
Su victoria por 7-5 y 6-2 sobre Rafter en la primera fase del Masters de Sydney le ha proporcionado los puntos suficientes para derrocar del primer puesto de la Carrera de Campeones al brasileño Gustavo Kuerten y colocar la bandera australiana en lo más alto desde la creación de la actual clasificación de la ATP en 1973.
Nacido en Adelaida el 24 de febrero de 1981, Hewitt no ha podido elegir mejor temporada para regalar un pequeña muestra de un potencial del que no se adivina su límite.
Hace tan sólo doce meses ya dio un aviso al convertirse en el primer jugador, menor de 20 años, en ganar cuatro títulos en una sola temporada (Sydney, Queen's, Adelaida y Scottsdale), desde que Pete Sampras lo lograra en 1990.
Precisamente, el estadounidense ha sido la última víctima que ha sucumbido al ciclón Hewitt, para quien no existen ni jerarquías, ni tradiciones ni respeto por las viejas glorias. Aquel rival que se sitúe al otro lado de la red, ya sabe a qué atenerse.
Sampras, posiblemente el mejor tenista de la historia, con más títulos del Grand Slam (13) que nadie, ha dominado la década de los noventa sin la oposición de los tenistas de su generación como Andre Agassi o el propio Rafter, pero sus treinta años han pesado más que la calidad y sutileza de sus golpes.
Después de una temporada, la primera desde 1990 en la que no logró ganar ningún título, el Abierto de Estados Unidos era su última esperanza.
Hewitt, que no entiende de añoranzas, le barrió de la pista por 7-6 (7-5), 6-1 y 6-1, convirtió a Sampras en historia y enseñó a todo el mundo la correcta pronunciación de su apellido.
Desde que en el mes de diciembre de 2000 otro veinteañero, en este caso español, Juan Carlos Ferrero, le derrotara en el punto decisivo de la final de la Copa Davis, el australiano no ha dejado de progresar.
Bajo la presión agobiante de un Palau Sant Jordi de Barcelona, completamente repleto, Hewitt fue capaz de levantar tres puntos de partido antes de dar su brazo a torcer ante Ferrero por 6-2, 7-6 (7-5), 6-4 y 6-4, tras más de tres horas y media de lucha sin cuartel.
El australiano y el español están destinados encontrarse la próxima temporada y medir sus fuerzas por la supremacía del tenis mundial. Sus enfrentamientos reeditaran viejos duelos como los ya clásicos Borg-McEnroe, Lendl-Connors, Edberg-Becker o Sampras-Agassi, y el primer asalto llegará con las semifinales del Masters.
Tan sólo su carácter irascible y su lengua desatada pueden poner freno a su carisma de ganador. En el pasado Roland Garros, tras un encuentro ante el argentino Guillermo Coria, su insulto al juez de silla, al que calificó de "disminuido físico" le puso en el punto de mira de las críticas de todo un país.
"Cuando uno está ahí fuera en el calor de la batalla no se da cuenta de lo que dice. No quería ofender a nadie y si lo dije es algo de lo que no me siento orgulloso. En cualquier caso pido disculpas", dijo el joven tenista tras reconocer su error.
Encumbrado a lo más alto del deporte en su país, a la altura del nadador Ian Thorpe o el golfista Greg Norman, Hewitt se ha convertido en un ídolo para la juventud australiana.
Con tan sólo 20 años y una novia belga, la también tenista Kim Cljisters, subcampeona de Rolanda Garros y reciente vencedora de la Copa Federación con su país, Hewitt lo tiene todo para ser el referente del tenis mundial en la próxima década.
Verle jugar es todo un prodigio de fuerza y técnica. Tenerle al otro lado de la pista es como disputar el París-Dakar y descubrir, a mitad de etapa, que tu cantimplora tiene un agujero: un suplicio.