Cartago . La mirada infantil y preocupada de su hijo lo recibió en casa. Era una mirada alicaída y firme. Una mezcla de derrota y enojo.
Antes, el camino hacia Cartago se había vuelto largo y lleno de interrogantes. Marvin Solórzano retornaba de un partido en el que había recibio siete goles. Por eso, cuando salió del estadio Ricardo Saprissa, sintió que una lluvia de miradas le caía sobre su espalda.
Ninguna de ellas, sin embargo, era tan resuelta como la de su hijo Marvin, de ocho años, que lo esperaba con la disposición de quien exige una respuesta.
A Solórzano le costó trabajo hallar un pretexto para salir de aquella emboscada.
Y el arquero lo explica fácilmente. La razón de la ira del pequeño es una. "Lo que pasa es que él es mi principal admirador."
San Carlos cayó, 0 a 7, el pasado domingo frente al Saprissa, en lo que constituyó la mayor goleada para Solórzano.
"Hasta hoy -ayer-, cuando desperté, me reconcilié conmigo mismo. Es la primera vez que me hacen siete goles. Uno, la verdad, sale avergonzado del estadio. En principio creía que yo era el culpable de la debacle, pero luego, con el paso de las horas, me di cuenta de que solo había sido responsable de uno de los tantos. Del gol conseguido por Roy Myers."
El guardameta, en la crónica de este diario, fue el peor calificado con un tres, de un total de diez puntos posibles.
Aunque de camino a su casa, ubicada en el barrio Fátima en Cartago, nadie le dijo ningún improperio ni una ofensa, Solórzano creyó oír una aquí y otra allá. El sentimiento de soledad, de culpabilidad, lo perseguía.
Solórzano vive en San Carlos, pero los fines de semana los pasa en Cartago.
Triste celebración
"Con una buena actuación, ante Saprissa, quería terminar de celebrar mi cumpleaños número 30, que fue el miércoles 11 de febrero. Creo que esta ha sido una de mis peores celebraciones."
El portero estaba triste. Se le nota en su rostro, en sus palabras, en la soledad que surgía detrás de cada frase.
Desde el domingo, Solórzano entró a su cuarto y solo ayer salió a mediodía para disponerse a emprender el regreso a San Carlos, donde se encontrará con un equipo que padece una severa crisis económica, cuyas consecuencias son palpalbes en la tabla clasificatoria. Los Diablos Rojos ocupan el último lugar en el Campeonato y, por ahora, son firmes candidatos para quedarse con el descenso.
"Después del juego todo parecía un funeral. En el camerino nadie hablaba. Los compañeros, ni siquiera, se despedían. Estábamos muy incómodos por haber sido barridos por Saprissa, sobre todo porque ello sucedió por nuestros propios errores. Por nuestros errores, Saprissa montó su fiesta."
La crisis de San Carlos va más allá de la anécdota. Los directivos analizan la posibilidad de vender el balneario al Comité Cantonal de San Carlos, para paliar con ello parte de la deuda con los jugadores.
Pasado mañana, los norteños enfrentarán, en condición de visitantes, a Pérez Zeledón, en un partido en el que ambos están urgidos por adueñarse de los valiosos tres puntos en disputa.
San Carlos tendrá, sin embargo, que lidiar ya no solo con la agonía económica, sino que también con la sentimental. La motivación del club, tras la goleada que les propició Saprissa, quedó por los suelos.
El técnico Freddy Koopper hasta habló fuerte e invitó a los futbolistas que deseaban marcharse de su equipo a que lo hicieran.
Sumergidos en las sombras de la ausencia de contenido económico y sin los argumentos idóneos para salir del charco, los Diablos Rojos siguen extraviados.
Sólorzano, un pescador que abandonó su trabajo artesanal en Quepos para probar suerte en el futbol, cumple su segunda temporada con los norteños; no obstante, las luces para su equipo en este torneo están apagadas.
Y en medio de tanta congoja, al arquero sancarleño le tocó toparse con aquella mirada sincera e inquisidora de su hijo, ante la cual se tambaleó...