El primer flaco es mi tata. Hombre de contextura delgada. De menos carnes que el actor británico Stan Laurel, quien junto con el estadounidense Oliver Hardy protagonizó la popular pero ya desaparecida serie de televisión El gordo y el flaco, o Laurel y Hardy.
Enjuto como don Quijote, aunque me cuentan que en algún momento de su infancia mostró una leve tendencia a parecerse más al escudero Sancho Panza. Sin embargo, al final pesó más la complexión del caballero de la Mancha.
Mi viejo bromea con su complexión. Cuando le dicen que lo ven bien de salud y “alentadito”, él siempre responde: “Fijate que en el último mes he aumentado tres gramos”. Sí, cenceño pero no por falta de apetito, pues en sus años mozos era capaz de comerse un kilo de maní mientras veía una película o un partido de fútbol, y ni subía de peso ni se enfermaba.
El domingo pasado mi flaco me habló de otro flaco: Eduardo Flaco Chavarría Acuña, el recordado y letal delantero que anotó el primer gol morado en el Estadio Ricardo Saprissa Aymá, exactamente al minuto 23 del partido inaugural jugado el domingo 27 de agosto de 1972 ante el Comunicaciones de Guatemala.
La nostálgica evocación surgió luego de que mi padre leyera el obituario que escribí sobre ese futbolista que murió el 20 de julio pasado, a la edad de 75 años, y que fue publicada en la más reciente edición de la Revista Dominical de La Nación.
En cuanto nos vimos el domingo anterior, mi tata me dijo: “Mirá, me hiciste recordar los años que vivimos en San Ramón y ese muchacho, el Flaco Chavarría, llegaba a jugar con Saprissa en el Vargas Roldán. ¡Qué jugador más bueno era! Daba gusto verlo jugar. ¡Buenísimo! ¡Una belleza los goles que metía ese muchacho!”.
Me dio mucho gusto ver a mi flaco alegre. La memoria hacía eco en su voz y brillaba en sus ojos. Emocionado con una serie de recuerdos que aunque tienen más de cincuenta años, saltaron a la cancha del presente y una vez allí volvieron a tocar la bola, consentirla, gastarla, hacer cabriolas, lucirse con piruetas de lujo, deleitarse con ella.
Fue un domingo de flacos. Uno que pesa mucho, muchísimo, en mi vida, y otro cuyos goles, 117 en una carrera de 12 años, se encuentran entre los primeros que celebré. Del primer flaco aprendí a amar el fútbol; del segundo, a gritar esa hermosa palabra de tres letras ¡gol!
