Al momento de tomar una decisión profesional, la balanza se inclinó por su amor al Saprissa, el mismo que lo hizo ponerle pausa a unas vacaciones con sus amigos en Puerto Viejo, Limón, tomar un autobús de regreso a San José e ir a la Cueva, para luego retornar -de la misma forma- a la provincia costera.
Esa es tan solo una anécdota de un aficionado tibaseño, de esos que incluso en crisis deportivas o económicas, habla como quien se inspira en los colores morado y blanco.

Su nombre es Maikel Vargas, tiene 40 años y la mitad de su vida ha estado vinculado a la institución. Lo dice con orgullo: es accionista fundador desde el año 2000, cuando Saprissa pasó de asociación a sociedad anónima.
Evidentemente el amor no nació ahí, sino cuando apenas descubría el mundo. Los cálculos lo llevan a sus cinco años. Como para muchos, es una pasión heredada.
Quiso ser futbolista, algo que vio lejano desde joven, entonces toda esa energía la transformó como un fiel seguidor.
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“Tal vez el amor más grande se despertó entre mis 8 o 9 años. El esposo de una prima me llevaba al estadio y ahí es donde uno se impresiona más. Estamos hablando del 89, 90, por ahí..., cuando Saprissa tenía un equipo bastante bueno”, asegura.
Luego pasaron algunos años sin ir a la Cueva, hasta que los fines de semana empezó a trabajar en una farmacia, mientras de lunes a viernes dedicaba sus horas a la carrera de medicina.
Decidió hacerse socio con apenas 15 años; primero tuvo su lugar en sombra, luego en platea, donde, aún en pandemia, mantiene su pago anual de dos espacios.
Recuerda que el cobrador llegaba mes a mes a su casa. Pagó sin retrasos y religiosamente asistió al estadio.

Como muchas veces le costó encontrar alguien tan fiebre como él, iba solo. Lo importante estaba en disfrutar del escenario y el ambiente que lo enamoró.
En su momento se percató de lo peligroso que podía ser trasladarse a altas horas de la noche de Tibás hacia El Carmen de Guadalupe, donde vivía. Una vez miembros de La Doce lo persiguieron, pero todo quedó como una anécdota de la que hoy se ríe.
No había freno para vivir esa fiesta.
“Es una magia que uno no puede explicar, por pocas cosas he tenido un sentimiento como ese en la vida”.
Una decisión profesional también fue testigo de su pasión. Maikel vivió un año y medio en el cantón de Los Chiles, cuando hizo el servicio social como médico.
Tuvo la posibilidad de quedarse ahí para desarrollar su carrera. Lo pensó, así como también pensó la imposibilidad para ir al Ricardo Saprissa.
“Me pudo haber ido muy bien ahí. Hay muchos factores, soy de San José, acostumbrado a la ciudad, pero el factor definitivo fue ese (Saprissa)”, admite.
Una decisión menos determinante fue devolverse del paseo en Limón. Mientras sus amigos se quedaron disfrutando de las vacaciones, él tomó el bus para gritar los goles contra Alajuelense. Luego regresó, de nuevo en bus, feliz por el triunfo.
“No sé si ahora lo haría, pero estando fuera del país me ha hecho falta, aunque ahí ya no hay tanta irracionalidad. De joven no me importaba”.

Cuando la S cayó en quiebra, a finales de los 90′s e inicios del siglo XXI, Vargas quiso, de alguna forma, ser parte de la historia.
La institución se convirtió en sociedad anónima y las acciones rondaban los $160 dólares, según sus recuerdos.
El dinero que ganaba en la farmacia se hizo insuficiente para eso. Sin embargo, estaba la opción de pagar lo que hoy conocemos como tasa cero, entonces decidió dar clases de matemáticas en el barrio y con eso costear el monto.
Es decir, ser fundador con una sola acción no tiene ningún beneficio -admite el propio Maikel-, pero para él sí fue significativo.
“Si hubiera sido ahora que uno tiene un trabajo estable, compro varias, pero en ese tiempo era para no quedar por fuera”.
“No lo vi como inversión ni nada. Pude gastarme esa plata en confites, pero me gustó, estoy orgulloso”.
El 2020 siguió siendo ejemplo de ese orgullo y amor, con su pago puntual por las plateas del sector este que no pudo disfrutar. Como él mismo dice, sin esperar nada a cambio.
