17 diciembre, 2014
El futbolista Gabriel Gómez posó para La Nación con su esposa, Ingrid de Gómez, y sus hijos, Gabriel Andrés e Isabella. | RAFAEL MURILLO
El futbolista Gabriel Gómez posó para La Nación con su esposa, Ingrid de Gómez, y sus hijos, Gabriel Andrés e Isabella. | RAFAEL MURILLO

18 de setiembre de 2013, San Miguelito, Panamá. Vestido de negro, de pie, frente al ataúd de su padre, Gabriel Gavilán Gómez despide con dolor al que siempre llamó su héroe .

Tras una dura batalla de dos años contra el cáncer, don Dionisio Gómez no pudo más.

Hasta el último aliento estuvo El Gavilán, el hijo que, gracias al fútbol, se convirtió en un trotamundos, en un gitano del balompié.

Antes de venir al Herediano, el volante panameño pisó canchas de Colombia, Portugal, Chipre y Estados Unidos, pero nunca convenció a su progenitor a que tomara un vuelo para verlo jugar en persona.

“En mis 14 años de carrera, prácticamente él no pudo acompañarme cuando jugué fuera de mi país. Su fobia era subirse a un avión y por más que lo invitaba, siempre me rechazaba la propuesta. Me decía que el único sitio donde podía ir a visitarme y verme jugar era Costa Rica porque estamos cerca y podía viajar en transporte terrestre”, contó en charla con La Nación .

Por esas cuestiones del destino, su papá ya no estaba con él cuando se le abrió la puerta del fútbol tico con Herediano.

A raíz de ello, el jugador rojiamarillo asegura que desea salir campeón para dedicarle el título a don Dionisio, aquel hombre que se convirtió en su mentor desde niño y que guió sus pasos, pese a las dificultades en un hogar de bajos recursos.

Dura infancia. Gómez se crió en Paraíso, un barrio del distrito de San Miguelito, un sector popular de la capital panameña.

“Perdí a mi madre cuando yo tenía seis años, así que mi padre fue el encargado de cinco hijos. Vengo de un hogar muy humilde; pasé situaciones muy difíciles, pues a veces había un almuerzo o una cena pero en otras ocasiones ni se desayunaba”, recordó Gómez.

Mientras su papá trabajaba como capataz de construcción, su abuela era quien cuidaba de todos. Él, para asistir al colegio, recogía en la calle botellas de gaseosas y las canjeaba por 20 centavos para pagar el autobús hacia el centro educativo.

Su futuro dio un giro en 1999. Gabriel tenía 15 años cuando un empresario del fútbol visitó su casa para llevárselo a Colombia, país en el que poco después se convirtió en jugador profesional y donde pasó ocho años de su carrera.

“Mi papá tuvo que firmar mi salida del país. Yo le dije que no iba a volver con las manos vacías y así fue. Yo trato de ser un buen hijo, buen padre y buen hermano. Él decía que soy el único gallo que camina con sus pollitos”, contó.

A sus 30 años, tras ver cumplido el sueño de ser futbolista, competir en ligas de distintas latitudes y vestir la camiseta nacional de Panamá, el otro gran dolor del Gavilán fue la eliminación camino a Brasil 2014.

“En los últimos minutos nos quedamos sin Mundial, un golpe muy duro. En su sepelio le prometí a mi papá que íbamos a clasificar. No se pudo, pero hoy tengo motivos para pelear por el título con Herediano. Mi padre y mi madre están en el cielo y sé que desde allá me apoyan”.