Echo de menos al Paté, al Pato y a Jafet. Paté fue un 10 con el 8 en la espalda; el Pato un 10 disfrazado de 6; solo Jafet, que inició con la 11, pronto enfundó la camiseta de los grandes, talentosos, aquellos que hacen de la pausa un silencio de orquesta sinfónica, del pase un juego de billar y del constante desmarque un acto de magia. Irónicamente, al hoy gerente del Team , el único que portó la de Maradona, el fútbol lo sacó del centro de la cancha en buena parte de su carrera y lo envió a la banda, a encarar, desbordar y enganchar.
Echo de menos al Paté (un jugador que entonces me parecía tan talentoso como arrogante; el tiempo se encarga de separar lo aparente de lo real). Lo real: un dominio total de los momentos del juego, liderazgo, determinación para decir siempre “aquí estoy, démela a mí”, así en las verdes como en las maduras. De sobra se le disculpa que le faltara, en ocasiones, más pase vertical.
Echo de menos a Wílmer López, de esos que ya saben dónde pasarán la pelota sin haberla recibido, maestro del tome, deme, voy, vaya, para cerrar con un pase filtrado, cuchareado o ras de césped, que pone al delantero de cara al gol. Le faltó un poco de fortaleza física y los representantes de hoy. Eran los tiempos del 10, que no volverán por más que Golobio tenga el atrevimiento de pedirla. Admiro el reto que se echa encima, aunque no sea uno de aquellos. El 10 es una especie en extinción y no por falta de calidad, sino por la evolución del universo (a Darwin le habría gustado analizarla, pero el fútbol aún no existía cuando hizo su tratado sobre las especies). El fútbol le pidió al 10 que se echara para atrás, que marcara más, que recuperara y sirviera. Su descendiente es el 5, pero ya ni el número importa: le llaman mixto, como un batido.