Traiciones hay en la guerra, en la Biblia, en los imperios caídos, en las películas de James Bond, en la saga de El Padrino (lo mejor de lo mejor que ha parido el cine sobre la mafia), pero no en un cambio de equipo como el de Diego Calvo.
Desechado por la Liga y contratado por Saprissa, qué pecado hay en salir de la lista de desempleo. ¿O debía, en fidelidad al equipo de sus amores, negarse a trabajar vestido de morado?
¿Tenía que esperar una oferta de Carmelita para que nadie lo llamara traidor?
Traición es otra cosa. Las listas de grandes traidores en la historia suelen estar encabezadas por Judas Iscariote.
Brutus, hombre de confianza y muy querido por el emperador romano Julio César, también frecuenta un lugar en el top ten de los traidores. –“¿Tú también, hijo mío?” –le dijo Julio César, sin ofrecer resistencia, al verlo venir puñal en mano–.
Algunos listados incluyen a Robert Hanssen, un agente del FBI que durante 20 años realizó labores de espionaje sobre la Unión Soviética. En el 2001 fue sorprendido pasándole información confidencial a los rusos y lo condenaron a cadena perpetua.
Lo de Diego Calvo es un simple cambio de trabajo, como cualquier asalariado, si bien el fanático en todo el mundo y desde siempre espera de los jugadores tanto amor a la camiseta como el profesado desde las gradas. Así, la historia registra traidores como Figo (del Barça al Real Madrid), Batistuta (de River Plate a Boca Juniors), Romario (del Flamengo al Fluminense), Luis Enrique (del Real Madrid al Barça ), Cruyff (del Ajax al Feyenoord)...
Diego Calvo no traicionó a la Liga –repito–, aunque quizás se traicionó a sí mismo por un tiempo.
¿Por qué necesita un jugador salir por la puerta de atrás de un club para decidirse –por fin– a bajar los kilos de más? ¿Por qué en un puñado de partidos se le ve mejor que en toda una temporada? ¿Por qué el orgullo propio no salió relucir con tanta fuerza en el equipo que se ilusionó con su repatriación?
La semana pasada, Diego Calvo dijo que en Saprissa hay más profesionalismo que en la Liga. Se refería a los directivos, según aclaró en Facebook, aunque por un momento pensé: tiene razón; la versión morada de Diego Calvo parece más profesional que la versión eriza.
