Uno era argentino; el otro, uruguayo. Uno se llamaba Rubén; el otro, Daniel. Uno tenía por apellido Schroff; el otro; Silveira. Uno tenía tenía el pelo corto, casi al rape; el otro, lucía una cabellera larga, tipo Sansón antes de que apareciera Dalila. Ambos jugaron con el Deportivo Saprissa allá por los años 70.
En honor a la verdad, no eran estrellas. Los dos apenas cumplieron, pero no dejaron huella en el fútbol costarricense como el brasileño Odir Jacques, el argentino Julio Gómez, el eslovaco Josef Miso, el uruguayo Claudio Fabián Ciccia y unos cuantos extranjeros más que han pisado nuestras gramillas.
Pero eran los ídolos del barrio, la alegría de los carajillos que vivían en el San Pedro de Montes de Oca de 40 años atrás. Ambos eran vecinos del Instituto Centroamericano de Extensión de la Cultura (Icecu), la línea férrea por la que transitaba el Pachuco hacia Limón, y el costado sur de la Universidad de Costa Rica.
Ambos residían en un edificio de apartamentos a los que acudían una barra de muchachos cada domingo por la noche en busca de autógrafos; aquella experiencia no era el cielo, pero se parecía al Olimpo: Apolo versión che; Poseidón, charrúa.
Si Saprissa ganaba, se imponía contar con una nueva firma de Rubén y Daniel, máxime si alguno de los dos había anotado. En caso de un empate, había que agradecer el esfuerzo realizado, en especial si el duelo había sido contra el archirival, Liga Deportiva Alajuelense.
¿Y si se había perdido? Con mucha más razón aquella pelota de amigos llamaba a las puertas de aquellos apartamentos olorosos a vino y asado; se sentían obligados a brindar apoyo pues con el equipo se está en las buenas y en las malas.
Aún en días de goleada en contra se efectuaba la romería morada. Claro, cero bromas, cero confiancitas, cero dedos sobre la llaga. El cero goles en la portería contraria era más que suficiente.
Como era de esperar, llegó el día en que se terminó la fiesta. Cansados de aquella rutina dominical, Schroff y Silveira le pidieron a sus fans que no volvieran más pues ya contaban con muchos autógrafos.
De repente aquellos carajillos se quedaron sin Apolo y sin Poseidón; lo lamentaron por un tiempo, pero luego hallaron consuelo en Afrodita, a quien no dejan de adorar...
