Antonio Alfaro. 21 enero

Ansiosos, decepcionados, en vaivenes repentinos entre la ilusión y el desencanto, los aficionados liguistas ya eligieron sus culpables. Los confiesan a viva voz, madrazos incluidos, cuando el partido ni siquiera ha calentado, como puede comprobar cualquiera en la gradería oeste del Morera Soto. Ahí estuve el domingo, testigo directo del quinto duelo entre la Liga y Herediano en el último mes y medio.

Hay culpables en la acera de enfrente, sobre todo Esteban Alvarado, quien podría tomar las maldiciones de la feligresía rojinegra casi como cumplidos. En el fondo —lo saben él, usted y cada aficionado alajuelense— el odio mezcla su polémico paso por Alajuelense con las trascendentales paradas del guardavallas. De no ser por él, los manudos tendrían mayores satisfacciones recientes. Adicionalmente, como si tuviera un pacto con la portería, los palos se encargan de conjurar lo que él no detiene.

El juicio de los alajuelenses, sin embargo, pronto señala con el índice a los propios. A falta de Adonis Pineda, quien no estaba en plenitud de condiciones para enfrentar a Herediano, Ariel Lassiter encabeza la lista de reproches a niveles que sugieren el análisis de un cambio.

Si bien la grada no dirige —para eso está Carevic— en medio de los insultos y reclamos, con el “¡Lassiter salga solo!” como el más benevolente, el muchacho parece necesitar un respiro, en un equipo con relevos como Bernald Alfaro, Barlon Sequeira y Anthony López, capaces, en el menor de los casos, de compartir la exigencia.

Lassiter ya agacha la cabeza, quizás abrumado por los cuestionamientos ajenos o las propias recriminaciones, el remate desviado, el balón perdido, el pase al contrario. Está perdiendo la batalla en ese camino anímico que muchas veces marca la carrera de un futbolista joven prometedor.

La afición de la Liga decide: ¿lo sentencia o le da una tregua? Andrés Carevic decide: ¿lo saca de la alineación o lo expone al escrutinio?

Su rescate, como el Adonis Pineda, pasa por combatir evidentes deficiencias futbolísticas, pero de momento la luz roja parece encendida en lo anímico. A Lassiter le falta calma. Ante la oportunidad de gol parece tan ansioso como la misma afición. En otras ocasiones no muestra ese coraje mostrado por Marco Ureña cuando perdió una pelota y no dejó de perseguir a su rival hasta recuperarla en campo propio.

Ureña tampoco escapa a los juicios, como dejó claro un aficionado un par de gradas más arriba, con el grito a viva voz del supuesto salario del delantero cada vez que una opción se le escapaba. Ureña —debo decir a su favor— corre, busca, baja, se mueve y no se achica, muy a pesar de que la conducción de la pelota y la definición no siempre están a la altura del esfuerzo.

A Ureña se le ve coraje, algo que cuesta detectar en Alex López. Por momentos uno no sabe si es cansancio, desánimo o las dos cosas juntas las que no le permiten marcar diferencia, si bien nadie puede negar que su técnica sigue ameritando la titularidad. La afición manuda lo ve y se lo hace saber con el reclamo de “pecho frío”. Quizás es hora de que olvide la final perdida y el penal fallado.

Mejor trato reciben jugadores al estilo de Junior Díaz, Adolfo Machado, Facundo Zabala, Allen Guevara, Jonnathan McDonald y Jonathan Moya, a los que la afición alajuelense no parece haber hecho presa de frustraciones.

En realidad, Alajuelense no juega mal, pero lo que se perdona en las buenas, se vuelve evidencia en las malas, cuando la afición busca culpables por la propia ansiedad.