
Johannesburgo. Como cualquier país del globo, Sudáfrica tiene sus encantos y tiene sus problemas. El Mundial fue una época bonita pero engañosa para conocer. Los efectos positivos: había el doble de policías y la gente estaba particularmente interesada en mostrar el rostro de la hospitalidad. Quedar bien ante el planeta se convirtió en un proyecto nacional. Lo negativo: hoteles y taxistas se aprovecharon para cobrar como si fuera el Principado de Mónaco.
La comida fue totalmente occidentalizada, por lo menos en los sitios relacionados con el Mundial. No tienen platillos muy étnicos que exhibir, pero la cuchara es deliciosa y tolerable hasta para los estómagos más incómodos.
Del transporte, ni hablar. Tienen carreteras de países ricos, aunque desconocen lo que es un buen sistema de trenes o buses. La gente se moviliza apretujada en microbuses informales, sin regulación; los ricos viajan en sus automóviles y algunos nunca han utilizado un método de transporte público en toda su vida.
El país superó la crueldad del apartheid. Lucha por convertirse en “la nación del arco iris”, un eslogan más publicitario que real. Los negros la pasan mucho peor que los blancos, la mayoría debajo de la línea de la pobreza, cocinándose entre latas en verano y suplicando por una fogata para calentarse en el grosero invierno.
Pero como decíamos, cuál país del mundo no tiene sus problemas. La Sudáfrica de estas últimas semanas fue de reconciliación, con Nelson Mandela haciendo un esfuerzo, a lo mejor un último esfuerzo, para saludar al planeta en nombre de sus hermanos blancos y negros el día de la final. Un momento electrizante, por encima de quién pudo meter más goles.
Ni siquiera la floja presentación del equipo local, previsiblemente desastrosa, pudo estropear la gran fiesta. Las camisas amarillo encendido de los
Maradona también dio una lección. No de excelencia, un sueño irreal al que aspiraban quienes lo nombraron en un cargo para el que no estaba capacitado. El Diego demostró que la charlatanería y la falta de preparación conducen al fracaso, aunque vistan con saco y corbata.
Caso contrario el de Vicente del Bosque: podría ponerse una agencia para dar pésames, no tiene ningún atractivo mediático, pero no le hizo falta comportarse como payaso junto a la cancha ni ser un niño gracioso en las conferencias de prensa para levantarse con el premio mayor.
También pudimos atestiguar el asombroso protagonismo del sabiondo
Sudáfrica nos mostró eso, que podemos consultarle a un octópodo de acuario los grandes misterios del deporte, con 100% de certeza; que México siempre se cree candidato al título y si acaso llega a segunda ronda; que Francia no es nada sin Zidane; que muchos guardalíneas padecen de la vista; que un jugador como Forlán es capaz de hacerlo todo y que las vuvuzelas serán la próxima gran epidemia de la humanidad.
Un país humilde supo organizar una fiesta hermosa e inolvidable. No sé cuándo vuelva a realizarse un Mundial en Sudáfrica. Pero fue un honor estar aquí, y poder escribir para ustedes.