Johannesburgo. Cuando juega un equipo africano, juega todo el continente. Se vuelven una sola afición, sin revanchismos, sin regionalismo. Igualito que en la Concacaf.
En Sudáfrica los aficionados respetan el vecindario. Cuando el equipo local quedó eliminado, un periódico tituló: “Ahora todos vamos con Ghana”. Fue lo mismo cada vez que Nigeria saltó a la cancha, o Costa de Marfil. Se identifican con los países subsaharianos; con Argelia pasan de largo.
La semana pasada, después del partido México-Uruguay, regresábamos de Rustenburgo. El grupo de periodistas ticos realizamos una parada a mitad del camino, cuando se jugaban los últimos duelos del grupo de Argentina.
Hicimos fila en Wimpy, una cadena de restaurantes de comida rápida. Cocinan las hamburguesas con toneladas de grasa, es un festival de triglicéridos, pero a esa hora y en una carretera desierta no era momento de invocar a la nutricionista.
El caso es que había un televisor encima de la fila. “Qué dicha, vamos a ver una parte del juego de Argentina”, nos dijimos. Y de repente, ¡sorpresa! Tenían Nigeria-Corea del Sur. Prefirieron a Enyeama antes que a Messi.
Los sudafricanos vivieron la agonía nigeriana como si fuera propia. Los goles errados, un montón, provocaban un lamento enorme. Cuando el árbitro pitó y los coreanos festejaron el boleto por encima de las Águilas, nadie se alegró del mal ajeno. Es un código de barrio: todos somos uno.
Esto es una excepción en el mundo. Como apunta Eduardo Galeano, el futbol cultiva el placer de la negación. Ganar es valioso, pero es igual de gratificante ver al odioso rival tropezar.
El deporte se alimenta de estas enemistades. Los brasileños disfrutan cuando Argentina está de malas, y viceversa; ni qué decir de uruguayos, chilenos, etc.
Solo los seguidores de Estados Unidos no gozan con las derrotas de otros, según me parece. Llegan con las estrellas pintadas, se pasan vociferando el aburrido “U-S-A” y le gritan “buuuuuu” al árbitro para protestar, como se hacía en Titanes en el Ring. Pero nada más. El Mundial empieza y termina ahí, con Landon Donovan; a lo mejor ni se enteren de quién gana la final.
En este deporte, y posiblemente en muchas otras cosas, Costa Rica no es Centroamérica; no se ve como parte de ese todo.
Hay razones para tal distanciamiento. Cómo apoyar a Honduras, que nos quitó el boleto. Cómo sufrir por equipos como Guatemala o El Salvador, cuyas aficiones tratan malísimo a los ticos.
Los mexicanos también desean que Estados Unidos pierda. En este caso, no solo tiene que ver con el futbol: se imaginan una pequeña revancha contra el
Cada aficionado tiene su mismidad y su otredad. Sabe a quién apoyar y también con cuáles derrotas alegrarse. A veces ni tienen claro por qué. Como escribió Víctor Hurtado, editor del suplemento