El sol refulgente quema. Las cámaras y los periodistas se amontonan en los espacios designados, tres grandes cuadrados de asfalto, mientras que las transmisiones en vivo para las diversas redes sociales empiezan a multiplicarse “...Como podrán ver acá, estamos en vivo, ya saben amigos, compartan esta transmisión” dice alguien, mientras otra voz envía saludos a diversos rincones del país que reportan su sintonía.
Tal actividad no era para menos. A pocos minutos de que el avión rojo de la Coca Cola aterrizara, ya se empezaba a palpar la emoción de los presentes. Hasta medios de comunicación de El Salvador viajaron a Base Dos del aeropuerto internacional Juan Santamaría para poder llevar a sus coterráneos las incidencias de un evento que pasaría de largo sus aeropuertos.

Así como Costa Rica se acostumbró a ir a las últimas citas mundialistas, de igual forma ha sucedido con el tour del trofeo de la Copa del Mundo, que por tercera vez toca suelo costarricense, la única nación del grupo E mundialista que podrá enseñarle a sus habitantes, o al menos a 15.800 afortunados con entrada, ese trofeo que solo campeones del mundo y jefes de estado pueden sentir entre las yemas de sus dedos.
De repente, a lo largo y sobre el horizonte, se pudo divisar la aeronave a medida que aterrizaba suavemente en dirección este-oeste para ser recibida por dos unidades de los bomberos que, frente a frente, activaron sus mangueras y formaron un arco de triunfo por el cual atravesó el avión oficial.
Los actos protocolarios tomaron forma cuando el presidente de la República, Luis Guillermo Solís; el presidente de la Fedefútbol, Rodolfo Villalobos; y el campeón mundial de 1998, el francés David Trezeguet, tomaron sus puestos en los sillones blancos que los esperaban. Los asientos de respaldar curvo se veían más o menos cómodos dependiendo de quien los ocupara. Viendo al antiguo campeón de Francia, uno podría imaginarse que eran agradables, mientras que el Presidente de la República parecía estar listo para saltar del suyo.
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Afuera del toldo, desde ayudantes de pista hasta técnicos aéreos de la Fuerza Pública se aproximaron, teléfonos en mano, a la conferencia con la esperanza de inmortalizar el momento en que sería presentada la preciada Copa del Mundo. Dowal Aguirre, destacado en Base Dos, se acercó al evento por segunda vez, aunque la ilusión fue la misma que cuando la vio en el 2014, según comentó.
Con el fin de los discursos, el presidente Solís pudo escapar del formalismo para agarrar un balón con la firma de Trezeguet (regalo para el mandatario por parte del francés). Solís calculó y envió un pase preciso con el borde interno de su derecha que el galo recibió con señorío, para proceder a hacer un par de series y devolverle el balón a Solís. Apresuradamente, el mandatario se agachó para agarrar el balón y puso fin a la improvisada mejenga.
Ante la mirada atónita de todos los presentes y los flashes de las cámaras, una manta negra desapareció y por fin la invitada de honor destelló ante los presentes con sus seis kilos de oro. Por primera vez en la historia, fue tomada por unas manos costarricenses. “Esperamos, eso sí, que no sea el último”, destacó Luis Guillermo Solís antes de levantarla sobre su cabeza.
Con el fin del acto oficial, y mientras Trezeguet se sentaba de nuevo para responder las preguntas de la prensa, las muestras de pasión aparecían por doquier. El exjugador costarricense Paulo Wanchope aprovechó para tomarse una foto con el avión de fondo. Por su parte, William Sunsing comentaba que era un “sueño hecho realidad” poder ver la copa de tan cerca.
Y así, igual de rápido como apareció, el trofeo fue retirado en medio de estrictos controles de seguridad de la FIFA y Coca Cola. Como comentaría John Pinto, encargado de mercadeo de Coca Cola “...esa es la magia del trofeo. Aparece y desaparece a placer pero la intriga, pasión y emoción que despierta, es igual cada vez”.