
Algunos pueden decir que faltó el golcito y quizá es cierto. Quizá ello marcó la diferencia entre la ecuánime celebración postrera, que esta vez no tuvo largos desfiles en la avenida segunda ni piscinazos en la Fuente de la Hispanidad, en San Pedro.
Pero gente ¡de qué forma vivió la afición tricolor ese vibrante juego de ayer ante Honduras!
Las grandes expectativas previas calaron fuerte y cada quien arregló el horario a su manera para estar frente a un televisor a la hora cero.
A las 4 p. m., las carreras (a pie, en bus, en moto, en taxi, en carro particular) arreciaron.
En la avenida segunda la gente corría y se atropellaba para conseguir los prácticamente inexistentes taxis disponibles.
Los minutos parecían volar y cuando la amenaza de perderse buena parte del juego a bordo del bus se tornaba muy fuerte, muchos aplicaron un plan B: quedarse frente a un ventanal, en una soda o, mucho mejor aún: en los bajos de Monumental, con “la pelota”, la canallilla y el vacilón.
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Así solucionó su problema, por ejemplo, Jimmy Badilla, un empleado del Ministerio de Obras Públicas y Transportes que vive en Desamparados y calculó que no llegaba a tiempo a su casa.
“Aquí me quedo, de todos modos me gusta el ambiente, el calorcito, se vive más intenso”, dijo.
Alejandro Artavia vende cornetas a ¢500 en la esquina de la Caja. A falta de unos pocos minutos “cerró el chinamo” y llegó a Monumental. No había vendido mucho pero no importaba.
Al tan de las 5, las usualmente taponeadas calles capitalinas se descongestionaron, cual domingo por la tarde, y así permanecieron durante las siguientes dos horas.
Una bellísima tarde teñida de ambiente navideño y con los aguinaldos a la vuelta se confabuló para que miles de aficionados se lanzaran a las calles.
Cocobongo, un espacioso restaurante de Guadalupe lleno de pantallas gigantes fue uno de los sitios que estuvieron a reventar; la gente terminó por improvisar cajas de cerveza para sentarse ante la falta de sillas.
De nuevo, la imagen repetida en bares de Tibás, Moravia y, por supuesto, todo San Pedro.
El cierre de infarto lo atestiguamos en el Observatorio, en Barrio La California, abarrotado en gran parte por funcionarios de la Asamblea Legislativa.
Aún con los hondureños haciendo de las suyas en tiempo de reposición, poco a poco se fue agigantando un coro improvisado y a todo galillo: “¡Sí se pudo! ¡Sí se pudo! ¡Sí se pudo!”.
Al final, como dice la famosa canción de la Tricolor, conocidos y desconocidos se agarraron de las manos.
Pero no todo fue feliz. A las 9:30 p. m. un aficionado que vestía la camiseta de la Selección Nacional murió víctima de un atropello frente a las instalaciones de PriceSmart, en la vía que comunica Zapote con Curridabat.
Según la Cruz Roja, Víctor Julio Castro Zúñiga tenía 49 años y murió en forma instantánea.