Alajuela. Extraño libreto ayer en el Morera Soto. El desenlace, que suele revelarse hasta los tramos finales, quedó dilucidado desde el primer acto. Herediano sentenció temprano con un zarpazo madrugador, solitario y efectivo, suficiente para puntuar. Insuficiente, sin embargo, para convencer a su exigente afición.
Medio minuto tardó en caer el valladar carmelo. Un trazo de Carlos Rodríguez atravesó en diagonal el área local, mientras los defensores de la barriada aún se desperezaban, recién salidos de su camerino. Percival Piggott, más atento, metió el botín y puso cifras en la pizarra.
El partido apenas amanecía. El segundero era joven aún. Pero no habría más alegrías. A lo largo de los 89 minutos y medio que restaban, la pelota amenazó varias veces con visitar de nuevo la red, mas todos los esfuerzos se diluyeron en una correntada de sudor estéril.
Fue Carmelita el primero en tomar la palabra. Y no era para menos: las circunstancias lo obligaban. Se trataba del equipo local (sin aficionados, como siempre, pero local a fin de cuentas), contra la pared desde los albores y con la presión de un resultado negativo en su último compromiso como anfitrión.
La punta de lanza de los manudos fue el binomio Juan Carlos Arguedas-Óscar Rojas. El primero aportó experiencia, pausa y elegancia; el segundo, desequilibrio y muchos bríos. Cada vez que se juntaron, se desmoronó la zaga visitante, mas el cuero no traspasó el umbral que separa el gol liberador del inútil casi-casi, debido a la mala puntería de Rojas, o gracias a la intervención oportuna del arquero Osbel Villalobos.
Herediano, en tanto, vivía de su pequeña renta, que se agigantaba cada vez que los intentos carmelitas terminaban desparramados en la gradería o en la humilde banderilla del córner.
¡Buena, Marvin!
En el complemento, las palmas fueron para el otro guardatubos, de lejos la mejor figura del partido. Marvin Solórzano dio una lección de reflejos y sentido de la ubicación, y sus guantes prodigiosos ahogaron gritos de gol cuando los pocos aficionados ya celebraban, de pie, lo que parecía el 2-0 inminente.
Primero lo intentó William Sunsing, a los 65', pero Solórzano se encargó de decirle ¡no! Cinco minutos luego, los mismos actores y el mismo descenlace.
Al 72', Marvin atenazó un disparo de Murillo que también olía a red, y ahí demostró que para romper los sellos de su marco sería necesario mucho más que buenas intenciones. El último pitazo, precisamente, sorprendió a la delantera herediana en este diálogo imposible con el arquero local.
Extraño libreto, con el postre servido al inicio. Un zarpazo solitario, en medio minuto de partido, y Herediano triunfó de visita.