Vivió a sangre y fuego. Hizo de la violencia su modus vivendi . Empuñó las armas muchas veces, pero no para luchar por una causa política, ni para defender ideales o reclamar justicia y libertad.
La violencia de José Barritta era pura, simple, en su estado natural. De la forma más primitiva y sin sentido.
Él la llevó a los estadios del futbol argentino durante más de dos décadas. Barritta era el Abuelo , el jefe supremo de las fuerzas de choque del Club Boca Juniors (otros le llaman la barra brava) que siembran terror y destrucción cada fin de semana.
Barritta murió el pasado 19 de febrero en un hospital de Buenos Aires, víctima de una neumonía que acabó con su vida a los 48 años. A su entierro asistieron algunos familiares, un puñado de seguidores de Boca y ningún jugador o dirigente del club, quienes tanto le temieron y respetaron en sus años al frente de La Doce .
Porque cuando la neumonía acabó con Barritta, sus épocas de caudillo ya habían pasado: el Abuelo estuvo casi siete años en la cárcel, a partir de 1994, por el asesinato de dos hinchas de River Plate a la salida de un clásico del balompié argentino.
Al cumplir su condena, a finales del año pasado, Boca ya no era su feudo. Y en los últimos meses, antes de morir, anunció que encabezaría un movimiento para detener la violencia en el futbol. Nadie le creyó tal viraje. Nadie.
Desde Italia
José Barritta nació en Italia el 5 de enero de 1953. Muy joven, sus padres lo llevaron a Argentina, donde se afincaron en el populoso barrio de La Boca. O más bien, en la República de La Boca , como le dicen sus habitantes.
En 1975, con 22 años entró al círculo de poder de La Doce . Empezó a escalar posiciones, por las buenas o por las malas, hasta convertirse en lugarteniente del máximo líder de la barra en aquellos tiempos, Enrique Ocampo, conocido como Quique el Carnicero .
Seis años después, el Abuelo sintió que había llegado su momento. Hábilmente desbancó a Ocampo del poder y se autoungió como máximo líder de La Doce . Muy pronto, el "rebaño" aceptó al nuevo jefe.
Dicen que uno de sus primeros actos fue amedrentar a los jugadores de Boca, en el propio camerino auriazul, antes de un decisivo partido contra Rácing Club. "Tienen que ganar y dejen de joder a Diego (Maradona)", le comunicó a los futbolistas con tono severo, y para respaldar su discurso mostró de soslayo dos pistolas que llevaba al cinto.
Leyenda aparte, sí está comprobado que Barritta intervino en numerosos hechos de violencia que involucraron a la barra de Boca. Pero el Abuelo no solo acumuló poder, sino también su inseparable apéndice, el dinero. Durante muchos años lucró con las 250 entradas que los directivos le daban gratis a La Doce , además de garantizarse buenos ingresos por concepto de extorsión a jugadores y por lucir en la gradería mantas con inscripciones a favor de candidatos políticos.
Porque, más allá de apoyar el club de "la mitad más uno", la barra brava de Boca terminó vendiendo sus cánticos y pancartas a quien tuviera la capacidad de pagarlos. El negocio resultó muy bueno: Barritta y decenas de aficionados argentinos viajaron a los Mundiales de México 86 e Italia 90, donde sus fechorías adquirieron estatus internacional. Los hooligans ingleses, humillados y correteados en el partido Argentina-Inglaterra, pueden dar fe.
La mala hora le llegó el 30 de abril de 1994. Ese día, tras el partido que River Plate le ganó a Boca 2 a 0, miembros de La Doce emboscaron a seguidores de su archienemigo y mataron a dos.
Barritta colaboró con la policía y consiguió que no lo acusaran por asesinato sino por asociación ilícita. De esta forma evadió una condena más elevada, pero se ganó fama de "buchón" (soplón) y el repudio de sus compañeros de hinchada. En la cárcel y en la tribuna, muchos se la juraron.
Por eso, cuando abandonó el presidio, el Abuelo no intentó recuperar sus privilegios en La Doce . Se recluyó en su casa, hasta que, hace dos meses, una neumonía lo obligó a internarse en un hospital, donde murió.
Así se despidió de este mundo el hombre que mejor representaba la violencia en el futbol argentino. Un embajador del terror en los estadios.