Heredia. Odir Jacques es un viejo dinosaurio del Parque Jurásico de nuestro futbol.
Lo creíamos jubilado, hasta que Herediano lo reflotó tras la salida del charrúa Carlos Linaris.
Es la quinta vez que el brasileño de 53 años, naturalizado costarricense, se sienta en el banquillo florense. Eso le da autoridad.
A Jacques lo habíamos olvidado, un poco por culpa de ese fenómeno de la globalización, que reduce el planeta a una aldea y nos remite a referentes de afuera cada vez que cedemos a la tentación de pulsar una tecla.
No imaginamos Odir buceando en Internet, actualizándose con lo último que dicta Europa o Suramérica, como acostumbra la nueva generación de titulares del banquillo.
Lo asociamos más con Marvin Rodríguez y Antonio Moyano, respetables estrategas hoy pensionados, proclives siempre a resolver los grandes desafíos a punta de "colmillo", con
estratagemas como sostener la alineación hasta el último minuto o variarle la posición a un jugador en el campo.
No creíamos que en plena globalización un entrenador de ese perfil se mantendría a flote. Mas, Odir no descarta nada para emparentarse con el protagonismo. Es su marca de fábrica.
Esas canas que peina vienen cargadas de sabiduría, y su proceder está legitimado con títulos en Herediano (1978, 1981 y 1985) y Alajuelense (1983).
Sin ambajes, su fórmula es válida y sigue vigente.
Sorpresa
La victoria de Herediano ante Alajuelense (1 a 0) sorprendió a todos, menos a Odir. Ayer escribimos que el pulso por la final del Clausura nos parecía tan desigual como juntar a una orquesta sinfónica (Alajuelense) y a una banda (Herediano) para un concierto. Basamos la reflexión en la abrumadora superioridad rojinegra a lo largo de la campaña, y a su dote de recursos humanos, en la grama y el banquillo. Pero nos olvidamos, injustamente, del viejo dinosaurio Odir, capaz de marcar diferencia con su "colmillo".
Jacques nos pegó una cachetada desde el arranque del juego, cuando en el ritual devenir de los primeros 15 minutos de acción, brotaron algunas sorpresas.
Austin Berry, sempiterno volante-lateral de la izquierda, oficiaba de líbero. Marcos Hernández, habitual pasador del mediocampo, se recostó por la derecha, casi como un carrillero. Arnaldo Lopes, comúnmente un mediapunta que juega a espaldas de Bérnald Mullins y Máinor Díaz, se enquistó como centrodelantero entre los centrales rojinegros Luis Marín y Javier Delgado.
Pero el asunto no se quedó ahí. Hubo un hombre de perfil bajo, en el que pocos repararon, y, a mi juicio, decidió el partido: Floyd Guthrie.
El limonense fue el "socio de todos". Posicionalmente, usted lo encontraba delante de Berry cuando la Liga atacaba, pero, a la hora del desdoble ofensivo, era el que pegaba la primera puntada del juego florense, con toque de primera o lanzamientos nítidos, a Mullins o Alpízar.
Guilherme Farinha no descifró aquello que en principio parecía una anarquía táctica, con muchos hombres en "roles" diferentes a los acostumbrados. Y el asunto se le complicó con un problema extra: Wílmer López no entraba en juego porque Austin Mackachia, con mucha anticipación y sentido táctico, le obstruía el paso, o bien, apagaba el futbol fluido de sus proveedores naturales de juego: Mauricio Solís y Steven Bryce. Y como sin la pelota, la Liga no pesa, Herediano fue el amo de la inicial.
El africano Mackachia lo sintetizó muy bien, al término del partido, cuando en su español austero, confesó: "Yo no jugar lindo, pero ayudar a que Wílmer tampoco".
El rodaje del partido legitimó la propuesta de Odir, una mezcla equilibrada de audacia con mucha entrega, ejemplificada en la actitud de Díaz cada vez que encaraba a Delgado y alimentaba en la mente de todos la posibilidad del gol.
Farinha no atinaba a torcer el destino del partido e incurrió en su primer pecado: quemó muy temprano al relevista de lujo, Pablo Izaguirre, por el lesionado Harold Wallace (33').
El argentino se topó con la misma suerte de López. No encontró espacios entre Rodrigo Cordero, Mackachia y Guthrie.
En el complemento, cuando el juego dio una voltereta emotiva, porque Farinha atinó a situar al argentino en punta con Bryce, tras retrasar a los erráticos Allan Oviedo y Erick Jiménez, la Liga vivió sus mejores momentos.
Pero emergió Hermidio Barrantes, con patente de figura. Se fajó en tres lances, ante remates de Izaguirre, Castro y Bryce, que pudieron enrumbar el partido del lado alajuelense.
Odir no se durmió. Cayó en la cuenta de que con la Liga en alzada era muy arriesgado mantener el pulso, y apeló a dos variantes propias de un técnico de la vieja guardia: tirarle centros al "grandote" Gílberth Solano.
El sancarleño llegó por Lopes al 62', y, casi simultáneamente, pisó la cancha el único hombre capaz de potenciar su dominio de las alturas: Juan Carlos Arguedas.
Fue cuestión de tiempo. Y aunque alguien le pasó el santo a Farinha de que pelara el ojo con La Torre introdujo a Espinoza exclusivamente para marcarlo, Gílberth no defraudó a Jacques y la embocó en la red al 79'.
Después vino la euforia, el festejo encendido y el carnaval rojiamarillo.
El viejo dinosaurio había ganado la partida merecidamente...