
Madrid. El marroquí Hicham El Guerrouj culminó de la mejor manera posible ayer, en Oviedo, “el año en el que toqué el cielo”, según sus palabras, al recibir el Premio Príncipe de Asturias de los Deportes del 2004.
El Guerrouj, doble campeón olímpico en los pasados Juegos de Atenas 2004, ya tenía un palmarés envidiable y era considerado el gran rey del mediofondo mundial antes de la cita griega del pasado verano, pero parecía perseguido por una especie de maleficio que le impedía subir a lo más alto del podio en los olímpicos.
El moro demostró este año a los escépticos que su ciclo todavía no ha terminado y que sigue siendo el dueño del mediofondo.
Una caída en Atlanta 1996 y el se batido por el keniano Noah Ngeny en Sydney 2000, la liebre que le permitió batir el récord del mundo en otra ocasión, dieron pie a una especie de leyenda negra.
Por fin, el oro
En Atenas, El Guerrouj superó unos problemas respiratorios que a punto estuvieron de impedirle correr y conquistó el ansiado oro en los 1.500 metros sin que nadie pudiera hacerle sombra.
No sólo consiguió el objetivo de ser campeón olímpico en su prueba, sino que redondeó un doblete de otro mundo al conseguir también la medalla de oro en los 5.000 metros, igualando a todo un mito como el finlandés volador, Paavo Nurmi.
Nacido en Berkane, el 14 de setiembre de 1974, Hicham iba para portero de futbol, quería ser igual que su gran ídolo de entonces, el exguardameta del Mallorca Ezaki Badu
Pero por fortuna para el atletismo, su madre y su entrenador le hicieron ver que lo suyo era el correr y no detener los balones.
La leyenda del marroquí comenzó en los Mundiales Júnior de Seúl 1992, cuando consiguió el bronce y aunque en el año 1993 tuvo una lesión, a la siguiente temporada se centró en los 1.500 metros para comenzar a forjar la que hoy es leyenda.
Cuádruple campeón mundial de 1.500 metros (Atenas 1997, Sevilla 1999, Edmonton 2001 y París 2003), plusmarquista mundial de esta distancia, de la milla y de los 2.000 metros, tuvo una hija a los 9 meses de casarse con Nejoua Lahbil, ahora hace un año.
A estos títulos, añade tres nominaciones consecutivas como mejor atleta de la Federación Internacional de Atletismo (IAAF), en los años 2001, 2002 y 2003; la Orden al Mérito Nacional de Marruecos (1999), el grado de oficial de su país en 2001.
Además, una de las más altas condecoraciones de Marruecos, el Uissam Al Arch con el rango de comendador, que recibió de manos del propio monarca alauí, Mohamed VI, el pasado 7 de setiembre por sus éxitos olímpicos.
Profundamente religioso y “cien por cien musulmán”, está convencido de que posee un don divino para la carrera.
Se considera un “misionero del atletismo” y afirma que su destino está escrito.
Pese a todo, el corredor sigue siendo un hombre sencillo y accesible para todos y ninguno de sus éxitos y reconocimientos se le ha subido a la cabeza.
El Premio Príncipe de Asturias de los Deportes 2004 es el broche de oro a un año en el que El Guerrouj “tocó el cielo”.