
Burnaby. Como se dice en póquer: “Cuando la mano viene mala, se deben cambiar las cartas”.
Los primeros 20 minutos del juego del miércoles por la noche dejaban algo muy claro: a como iba el partido, Costa Rica no iba a tener un mañana en la cuadrangular semifinal de la Concacaf.
Entonces vino el primer ajuste: la entrada de Paulo César Wanchope, quien estaba en la banca, para cuidarle su rodilla derecha.
“La entrada de Chope estaba planificada que iba a ser al primer tiempo si el equipo no iba ganando”, comentó el estratega de la Tricolor, Jorge Luis Pinto, quien admitió que la tarjeta amarilla recibida (20’) por Andy Herron aceleró la puesta en escena del jugador del Málaga español.
Con el “9” en la cancha, se ganaron dos cosas: primero, la presencia de un jugador muy respetado por el rival, debido a su trayectoria y por el daño que ha hecho a los contrincantes de Concacaf.
Recordemos que el técnico de los canadienses, Frank Yallop, no cesa de alabar las virtudes de Paulo.
Segundo, su peso específico en el área se sintió, con su toque de primera intención y sus desplazamientos, que arrastraron marcas y crearon espacios.
Hacia el final de la primera parte, las cosas ya mejoraron y tras el descanso se vio un equipo diferente, con un medio campo que empezó a juntarse con más propiedad y a pasar la pelota con mejor criterio.
Otra cosa
El capitán Luis Marín admitió, horas después del juego, que la bola se les perdió en el primer tiempo.
“Sin embargo, no perdimos la cabeza”. Pinto sostuvo que si bien lo sorprendieron con ese gol, el juego lo controló la Tricolor.
Definitivamente, el gol de Wanchope –apenas al regreso del descanso– entonó al seleccionado y validó la mejoría que se vio poco a poco hacia la media hora de partido.
Fue entonces cuando la línea de volantes dejó de ser una serie inconexa de circuitos, que solo veían pasar la pelota sobre sus cabezas.
Así se vio lo major de Costa Rica: buen tratamiento del balón, un equipo que se sabe acompañar y que es solidario en la recuperación de la pelota. Todas virtudes ausentes.
Mejoró la contención, sobre todo Cristian Badilla: mal en el primer tiempo, otra cosa en la complementaria. Así José Luis López –quien también subió su rendimiento– no estuvo tan solo.
De tal modo, la zaga dejó de llevar el peso del partido y pudo ser vía de transmisión en la salida ordenada desde atrás, logrando que la opción del pelotazo para desahogar los apremios e iniciar jugadas fuera archivado.
En este punto hay que decir esto: la diferencia se acentuó cuando el futbol empezó a transitar por las piernas de Alonso Solís.
El Mariachi fue otro en la segunda parte: de un juego anodino, sin profundidad, pasó a uno con chispa y sacó provecho del cansancio de sus marcadores.
Su natural habilidad para esconder la pelota quebró los nervios rivales.