Vigésima cuarta y penúltima biografía de los 25 deportistas más destacados de Costa Rica, en el presente siglo.
La imagen retrospectiva se sitúa hace nueve años en Rostov sobre el Don, la ciudad rusa a orillas del río Don y cerca del mar de Azov, 1.500 kilómetros al sur de Moscú. Tres entusiastas niños practican el futbol en un parque de árboles altos y de poca hierba, y evocan con gritos a su ídolos.
-¡Yo soy (Rinat) Dasaev...!, vociferó el primero de los guardametas improvisados.
Mientras uno de ellos imitaba en los tiros a Oleg Protasov, centrodelantero de la antigua selección soviética, el segundo de los "arqueros" exigía y reclamaba con orgullo:
-¡Yo soy Conejo... yo soy Conejo!
Las secuelas de la histórica hazaña tricolor en el Mundial de Italia 1990 estaban frescos en la mente de esos muchachitos de unos 11 años y testigo de ello fue el entonces estudiante tico Pablo Salazar, nieto del escritor Carlos Salazar Herrera.
Las atrapadas casi inverosímiles de Luis Gabelo Conejo, a quienes muchos miraban con compasión el 11 de junio del 90 en el debut ante los escoceses en Génova, le dieron la vuelta al mundo y muy pronto el fornido bigotudo se catapultó al estrellato.
Su inolvidable pasaje en tres campañas con el Albacete Balompié, modesto club de España, fue objeto de otra emotiva anécdota contada por Mario Antonio Avilés, consejero comercial de la Embajada de Costa Rica en Madrid, para hacer patente su indeleble huella en el futbol europeo.
Corría 1996 y la familia de Avilés ingresó a almorzar a un bar en la entrada a la ciudad manchega, cuando se conmovió con la sorpresiva reacción de varios de los presentes...
-¡Eh, vosotros sois de Costa Rica, como el Conejo...!
Con gran algarabía en la barra de la fonda, todos los lugareños empezaron a formularles preguntas sobre Luis Gabelo y su familia, como si los conociera de toda la vida. Increíble pasaje.
La más reciente y exitosa reacción popular para resaltar su ejemplo de humildad y perseverancia, se produjo cuando el exguardameta de 39 años se desprendió de una de las tres camisetas usadas en el verano italiano y la puso en subasta, con el fin de recoger fondos para las actividades de la parroquia de San Ramón.
Después de recibir múltiples ofrecimientos de todos los rincones del país, Gabelo vendió el pasado 15 de setiembre dicha prenda al máximo oferente, la firma Cicadex, que pagó la suma de ¢525.000. Una muestra más de la grandeza de su relato.
"Mi época de futbolista fue lindísima. En Albacete, por ejemplo, me sentí realizado en mi segunda ciudad, donde logramos el ascenso, hicimos una campaña increíble en primera y quedamos a un punto de jugar la Copa UEFA, y alcancé el mayor logro como ser humano: la gente nunca me vio como a un extranjero, sino como a un nacional".
Los emotivos recuerdos del orgulloso hijo de don Rafael y doña Carmen, los expuso en una extensa entrevista con La Nación en su acogedora residencia, en las afueras de San Ramón.
Entre logros y sinsabores
Luis Gabelo comenzó a patear el balón en potreros y empedradas calles de Barranca en Piedades Sur de San Ramón. Mientras sus hermanos Carlos y Rafael se dedicaron al boxeo aficionado, otro hermano, José Eduardo, fue torero y el menor, Hugo, jugó futbol; él empezó como delantero en la escuela de La Palma.
"Estos inicios fueron muy sacrificados. Vivía en el campo y, después de clases, sin haber almorzado, hacíamos caminatas diarias de 17 kilómetros, para ir y volver al entrenamiento en Santiago de San Ramón".
Sin embargo, a los 12 años ocupó por accidente la posición de portero en el equipo Deportivo América, un equipo infantil de Santiago de San Ramón, que participaba en el campeonato cantonal infantil. Nunca más abandonó el puesto de guardavalla.
Después de ese equipo pasó a La Estrella Azul, conjunto que ganó invicto un campeonato entre distritos en San Ramón, por lo que fue escogido para conformar las promesas de la Asociación Deportiva Ramonense. Allí llegó en 1977, con 17 años, y permaneció en la reserva hasta 1981, año en que debutó en la Primera División.
Alegrías, lesiones, penurias y sinsabores acompañaron su trayectoria poeta, como fue salvarse del descenso en 1982, soportar ocho goles de Saprissa en esa temporada, y bajar de categoría en 1988. Como no le pagaban, acarició la idea del retiro y estuvo alejado del deporte entre 1985 y 1986, hasta que el técnico de entonces, Juan Luis Hernández, lo convenció de que volviera al club.
"El 95 por ciento de mi carrera la jugué en equipos pequeños de Costa Rica y España. Así que los reveses y el trato irrespetuoso de árbiros localistas, los asumí como una gran enciclopedia para aprender", acotó.
Un lugar en la historia
Gabelo responsabilizó la alegría del Mundial 90, a que "hubo un grupo muy unido, de mucha amistad", fomentado por el uruguayo Gustavo de Simone, desde que él logró llegar como tercer arquero en el inicio del proceso en 1987, detrás de los míticos Alejandro González y Marco Antonio Rojas.
Después de lidiar con ellos, pudo pararse en firme como titular en toda la eliminatoria. Su jerarquía y notable progreso le hicieron ganar confianza y mejorar sustancialmente en su puesto, gracias a las enseñanzas del fallecido entrenador argentino, Armando Mareque, en el Cartaginés; el italiano Roberto Negrissolo, en la AS Roma; y del serbio Bora Milutinovic, en la Tricolor.
"La presión -recordó- era grandísima y el clima era de desconfianza. Todos hacían apuestas de cuántos goles nos harían. Tuvimos el convencimiento de lo que queríamos alcanzar con trabajo y estábamos bien preparados. Bora nos metió tres prácticas diarias y era el primer testimonio que nos inspiraba confianza y credibilidad".
Gabelo, entonces, fue el elegido en la reunión histórica de Italia 90, como tocado por una varita mágica. Lo demás es historia conocida. Sin embargo, enfatiza la inesperada lesión contra los suecos como uno de los momentos más tristes de su recorrido.
"No le guardo rencor a los que dudaron de mi lesión. A mí me partieron el `gemelo'. Me preparé para jugar con Checoslovaquia, porque su tipo de futbol -con muchos centros-, era el ideal para mí. Hermidio (Barrantes) se jugó un partidazo y a lo mejor, si juego, nos hacen seis o siete goles..."
Y subrayó: "Nos desordenamos y perdimos la línea de juego en bloque de los partidos anteriores".
El contrato con Albacete Balompié, primero en la Segunda División y luego en la máxima categoría, lo ligó de por vida a esa ciudad. Invitaciones de honor para inaugurar fiestas en lejanas poblaciones o la correspondencia con excompañeros, técnicos, dirigentes, toreros y periodistas, se mantienen vigentes en su nueva agenda de vida.
Atrás quedaron las etapas en la que su padre administró un taxi y luego se vio obligado a cerrar la tienda deportiva y la empresa de computación. Ahora es miembro activo del consejo económico pastoral y parroquial en la iglesia de San Ramón, participa en actividades de evangelización y forma parte del ministerio de la música David.
También juega partidos benéficos con el combinado "Proceso a Italia 90" y distribuye en el país vehículos coreanos y guantes y ropa deportiva de la firma alemana Reusch. Y, por el arraigo sencillo, humilde y sincero de sus orígenes, su sueño dorado es regresar a vivir al campo, en una finca ganadera.
"Dios es bondadoso conmigo. Me dio la condición de jugar futbol y siempre dí el cien por ciento de rendimiento. A la gente agradezco que me tome en cuenta para muchas cosas. Es el orgullo que me queda: no fui mejor ni dí más, porque no pude hacerlo".
Aunque a sus hijos Luis e Isaac les agrada jugar futbol ("ambos pintan bien"), no piensa ser técnico. Tampoco le agrada ir al estadio o seguir los juegos por televisión.
Lo que sí está claro es que, por lo hecho en Italia 90 y los equipos donde jugó, Luis Gabelo Conejo cambió el rumbo de la historia. Una historia que nunca lo olvidará.