Por Luis Villarejo
Madrid, 28 may (EFE).- Ver festejar el título a dos brasileños del Milán en el césped de Old Trafford resultó extraño. El portero -Dida- era el protagonista. Y el delantero, el famoso en otros tiempos, era el extra, el suplente, el que se abrazaba a su compañero, agradeciéndole su extraordinario partido tras detener tres penaltis. El mundo al revés. Rivaldo dando las gracias a Dida. Pero así es la vida y el fútbol.
Y es que Brasil evoluciona en la portería. Mucho se ha hablado históricamente de sus porteros. De su bajo nivel. Alguno como Barboza vivió arrinconado toda su vida después del Maracanazo y perder contra Uruguay en el 50.
Hoy se doctoró Dida y Brasil tiene su icono también en los palos. Es Dida un tipo de gran envergadura, ágil, con presencia. Que jugaba en el Corinthians y que fichó el Milán después de adelantarse al Real Madrid en su contratación.
Adivinó Dida la intención a Trezeguet, a Zalayeta y a Montero. Y sus intervenciones regalaron a Clarence Seedorf un récord impresionante: ganar tres Copas de Europa con tres clubes diferentes -Ajax, Real Madrid y Milán-. Por eso, en la celebración Seedorf no paraba de llorar de alegría. Fue su gran noche. Y la de Paolo Maldini, con su cuarta Copa en el museo de su casa.
Antes de los penaltis, Marcelo Lippi no fumó sus clásicos puritos en el banquillo. Las cámaras de la tele le siguieron y se encontraron con un Lippi diferente al habitual. Su imagen da la vuelta al mundo. E hizo caso al Instituto Nacional de Oncología de Italia, que le había pedido por favor que dejara el tabaco en casa para no expandir el vicio por el mundo a través de las pantallas.
Sin nicotina, lo cierto es que Lippi nunca tuvo ansiedad. Vio el partido como siempre. Brazos cruzados, aire de Paul Newman en la banda y la contra como argumento futbolero para diluir el mejor trato del balón del Milán.
En esos banquillos maravillosos de Old Trafford, esos que tienen tres filas, en forma de grada, vio la final un crack venido a menos. Se llama Rivaldo. Presenció la final mascando chicle. Ancelotti no tuvo la deferencia ni el interés de alinearle. Hizo los tres cambios. Salieron durante el partido Roque Junior, Serginho y Ambrosini. Hubo fantasía en el Milán durante buena parte del partido. Hasta la recta final que asumieron el mando Gattuso y Ambrosini, toda una declaración de intenciones de lo que no debe de ser nunca el Milán, un colectivo de ensueño que sí encandiló en cambio en el primer tramo.
El Juventus siguió con su libreto. Fuelle y pelotazo. Resultó paradójico que Tudor se lesionara dando un taconazo. Está claro que el arte no acompaña al equipo turinés. Y es que la gente defensiva del Juve reparte. Sin ir más lejos, seguir de cerca a Paolo Montero es un espectáculo. No perdona una. A Inzaghi le ató con todas sus armas. Con la mano al cuello si era preciso. Y es que Montero tiene oficio. Sigue jugando los grandes partidos con barba de tres o cuatro días. Dicen los futbolistas que la pinta influye. Que la barba de tipo de arrabal intimida. Cada vez es más habitual ese atrezzo en los futbolistas.
En la prórroga se terminó el fútbol. Tenía Italia una hermosa ocasión de demostrar al planeta que en su país hay fútbol de altura. Y lo exhibieron cuando quisieron, en el primer tiempo. En el período suplementario, todo fue borroso. Nadie mereció marcar. Resultó infumable. Y llegaron los penaltis. Allí sólos ante el peligro vimos a dos grandes porteros: Dida y Buffon. El brasileño paró uno más que Buffon y la Copa se fue a Milán.
Como dijo Santi Cañizares hace dos semanas, uno de los futbolistas que mejor ve y analiza el fútbol en este país, "todos los grandes campeones de Europa son recordados siempre toda su vida por sus porteros". Y así fue. No se equivocó. EFE
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