Cartagena (Guanacaste). Fue cuestión de esperar. En primer término, la gestación de un planteamiento inteligente; más tarde, el efecto del calor en la resistencia de un adversario que acabó por ceder, primero por cautela, después por asfixia.
Cartagena venció 2 a 0 a Grecia y se adjudicó el torneo de Apertura de la división de ascenso, lo que le dará derecho a disputar la final del campeonato con el ganador del Clausura, en caso de que no logre repetir la meritoria faena que consumó ayer, con clase, sudor y afán, bajo el sol y la polvareda.
El marcador global de esta final fue de 4 a 1. Los guanacastecos habían vencido a domicilio, 2 a 1, en el primer enfrentamiento entre ambos finalistas, en el estadio Allen Riggioni, de Grecia.
Ayer, Cartagena se impuso por actitud. Mientras los hombres de Benigno Guido realizaron su fase de calentamiento en el campo con suficiente antelación, los pupilos de Mauricio Montero llegaron al escenario cuando faltaban escasos 25 minutos para las 11 de la mañana, la hora del duelo.
La primera parte se caracterizó por la sensación de espera. La iniciativa fue de los locales.
No obstante, los griegos se plantaron con reciedumbre en la zona defensiva y erigieron un muro a partir de la seguridad de su guardameta.
Porque Bryan Zamora intervino con acierto en un par de oportunidades.
Con dos manotazos salvadores (minutos 3 y 20), el “gato” de los blancos pudo impedir que Juan Carlos Dinarte y Deiby Pizarro lo sorprendieran.
Cuando el juez ordenó el descanso, en la retina de los presentes primó la sensación del dominio azul, con un equipo más ordenado que planteaba con mayor sentido sus avances.
Táctica y calor
Fue cuestión de esperar. Tarde o temprano, el trazo del pizarrón se trasladaría a la verdad.
El dominio siguió siendo patrimonio de los anfitriones, en tanto que los griegos no encontraban el oxígeno que requerían para apurar las acciones en pos del todo o nada que les pidió su entrenador.
La calidad del mediocampo local se hizo sentir. Entre Randy Araya, Kénneth García y Danny Rodríguez, con el respaldo eficaz de Erick Matarrita (el alma de Cartagena), ejercieron el toque de balón y la presión que maniató a los blancos.
Estos solo reaccionaban con pelotazos largos en busca del esforzado Rolando Corella, un artillero sin municiones que se desgastaba en medio de su orfandad.
Conforme transcurrían los minutos, la rotación de los muchachos de Guido se hacía eficaz y los circuitos de los griegos se reventaban en mil pedazos, sin opciones de ligar pie con pie.
En consecuencia, la jerarquía azul se agigantaba, al tiempo que los pulmones griegos se quedaban sin oxígeno, los jugadores sin espacio, los corazones sin voluntad.
Bryan Morales mandó a la red un balón suelto en el área chica, al minuto 58.
Y al 63’, Rodolfo Molina solo tuvo que empujar hasta el fondo de los cordeles un envío de cabeza de José Antonio Torres. Dos a cero, definitivo.
Fue cuestión de nobleza. De inmediato al pitazo final, Mauricio Montero enrumbó sus pasos hasta donde estaba su colega, Benigno Guido… Con el abrazo largo, la humildad del victorioso; la hidalguía del vencido.
Después, el fervor y el grito; una vuelta olímpica en medio de paisaje y naturaleza y, a pleno sol, la tarde feliz de un pueblo de labriegos y soñadores.