Último de una serie de 25 perfiles sobre los deportistas costarricenses más destacados de este siglo.
El vestido negro de algodón, corto y ceñido al largo y esbelto cuerpo, resaltan a una Claudia Poll casi inédita, la que se oculta detrás del resplandor de una carrera llena de gloria.
Más allá del traje de baño húmedo que identifica a la campeona olímpica y mundial, a la dueña de dos récords mundiales y a quien fue nombrada como la mejor nadadora del mundo en 1997, está una mujer dinámica, bromista, independiente y un poco terca.
Solo unos pocos conocen a esa Claudia Poll, a pesar de que ella es, quizá, la deportista más popular que haya tenido el país.
"Mi vida privada es mi vida privada, así es como me gusta", justifica la propietaria de unos ojos verdes encendidos.
"No es de mi interés que todo el mundo sepa lo que hago. Mis cosas son mías. Soy una persona reservada. Así he sido desde niña", recuerda Claudia, quien en 1996 se convirtió en la única costarricense que logró ganar oro en una Olimpiada.
Vida activa
Talvez por ese celo con su vida particular, Claudia parece una nadadora de tiempo completo, pero ella se apura a rectificar que su vida es como de la cualquiera y que la natación es solo una parte de ella.
"Mucha gente puede pensar que solo nado, y no es así. Tengo mi vida privada y la disfruto, fui a la universidad, como cualquier joven y llevo una vida profesional".
Claudia se graduó en Administración de Empresas, en la Universidad Internacional de las Américas, y labora medio tiempo en el equipo de natación del Cariari.
"Yo entreno y disfruto de la natación, y vivo mi vida como cualquier ser humano. Mi vida es lo más real que puede haber, tengo deberes y responsabilidades como cualquier adulto de 26 años.
"La natación no es el punto central de mi vida. Entreno cinco horas diarias, pero durante las otras 19 soy una persona normal.
"Mucha gente piensa que cuando me retire voy a empezar a ver la vida real y no, estoy viviendo la vida real ahora. Más bien he tenido la oportunidad de vivir experiencias que otros no han visto".
Esas es una de las gratificaciones más grandes que le ha dejado este deporte, al que ha dedicado ya 20 años desde que sus padres, don Bernardo y doña Thea, la llevaron junto a su hermana Sylvia -dos años mayor- a recibir clases de natación en el Club Cariari.
Pasaron, sin embargo, ocho años antes de que ella tomara esa disciplina en serio.
"Fue en febrero de 1987; aquí (señala hacia una esquina del salón Hoyo 19 del Club Cariari) había un restaurante y Frank (su entrenador y mentor, Francisco Rivas) me invitó a almorzar. Me dijo que si quería someterme a un plan de entrenamiento más riguroso y acepté".
A partir de ese momento se empezó a gestar la más maravillosa carrera deportiva conocida en el país. Aunque su evolución fue lenta y muy bien planificada.
Para Claudia, esa es la razón de que ella, a sus 26 años, se mantenga dentro de la elite de la natación.
A pesar de que muchos hablan de su edad y creen que su adiós está próximo, ella se siente con fuerzas para seguir y aclara que en la actualidad, el ranking mundial es dominado por nadadoras de 23 o 24 años, contrario a lo que sucedía en épocas recientes.
"Cuando Frank me diga que ya no puedo rendir, será la hora de retirarme, pero si no me lo ha dicho y más bien me asegura que vamos por buen camino, no tengo por qué dejar de nadar y de hacer algo que disfruto".
Para mantenerse en el nivel mundial, Claudia se enfrenta todos los días al dolor que le produce su riguroso entrenamiento.
"Uno tiene que aprender a disfrutar el dolor y enfrentarlo a diario. Hay que llegar hasta ahí para poder dar más.
"A veces uno piensa que no puede lograr algo y finalmente lo consigue. Eso me demuestra que en cualquier campo, no solo en el deportivo, también en el personal, en el profesional, uno puede lograr lo que quiera."
Ahora Claudia quiere llegar a su segunda Olimpiada, la de Sydney 2000, y tratar de meterse en el podio.
"Tengo planes de ir a unos Olímpicos, y si lo voy a hacer, lo voy a hacer bien". Si Claudia lo quiere, Claudia lo puede.