
En el intrincado ecosistema de las Naciones Unidas (ONU) en Nueva York, convergen a diario las voces y tensiones de 193 naciones. Para las potencias mundiales, la representación diplomática se traduce en maquinarias multitudinarias, con delegaciones que pueden superar las 400 personas.
Sin embargo, para un país como Costa Rica, la realidad es diametralmente opuesta: una misión históricamente pequeña, a veces compuesta por apenas unas ocho personas, que se enfrenta al reto titánico de hacer eco en los grandes salones del debate global. Liderar este equipo no es un mero acto de presencia; exige una labor política minuciosa.
Por los próximos cuatro años, esta responsabilidad recaerá en Boris Marchegiani, empresario que cobró notoriedad en 2025 por financiar vallas publicitarias en las que se exigía la renuncia de altos jerarcas del Estado.

A través de las experiencias de los exembajadores Eduardo Ulibarri (2010-2014) y Rodrigo Carazo (2018-2022), emerge una radiografía clara sobre el verdadero trabajo de esta misión y, sobre todo, el perfil ideal que debe tener quien asuma su jefatura.
Ambos diplomáticos coincidieron en un elemento fundamental: el éxito no depende de la fuerza numérica, sino de la agudeza intelectual, el tacto humano y una capacidad de despliegue estratégico impecable.
“Es un puesto muy honroso representar a Costa Rica en el campo internacional, es un galardón que uno lleva en la maleta y hay que hacerle honor de manera permanente, porque el campo de trabajo de Naciones Unidas es tremendamente amplio, muy vasto”, expresó Carazo.
El peso de los principios y el conocimiento del tablero

La brújula principal de la delegación son los pilares de la política exterior del país. El embajador debe tener una comprensión profunda de los cimientos históricos de Costa Rica en la arena global.
No obstante, este conocimiento requiere una lectura crítica y actualizada del contexto. Ulibarri advierte, por ejemplo, que áreas históricamente fuertes para la nación, como la defensa del medio ambiente, los derechos humanos, el Estado de derecho y el multilateralismo, se vieron erosionados en la administración de Rodrigo Chaves debido a los alineamientos con los gobiernos de Donald Trump, en Estados Unidos, y Nayib Bukele, en El Salvador.
“La persona debe ser alguien que conozca, que tenga interés, que tenga instrucción, que tenga información sobre la política internacional, o sea, ¿dónde están los focos de conflicto, dónde están los grandes desafíos desde el punto de vista económico, estratégico, ambiental, ¿cuáles son aliados realmente confiables?”, destacó Ulibarri.
La maquinaria diaria y el liderazgo interno
La jornada de la misión costarricense es extenuante. La dinámica diaria implica asistir las actividades de la Asamblea, analizar proyectos de resolución y redactar constantes informes de situación, para informar al gobierno de Costa Rica.
Para abarcar semejante volumen de información con un grupo tan reducido, el equipo realiza un despliegue táctico cada mañana, distribuyéndose en diversas comisiones bajo una coordinación milimétrica para evitar “cruzar cables”.
Esto exige del jefe de misión un talento particular para la gestión del recurso humano. Debe saber delegar y asignar a cada funcionario los temas donde radican sus mayores fortalezas. El líder no debe pretender ser una figura omnipresente ni omnisciente; se requiere una gestión integradora que valore la experiencia acumulada por los diplomáticos de carrera.
Además, este liderazgo debe ejercerse con un respeto escrupuloso por la institucionalidad. Quienes asumen el cargo desde el mundo político suelen sentir la tentación de utilizar sus conexiones jerárquicas directas, un error táctico grave. La advertencia es clara frente a esta mala práctica.
“Uno tiene que ser muy cuidadoso de no utilizar el recurso que eventualmente puede tener de comunicación directa con el canciller, o con el presidente para pasarle por encima a las estructuras de la Cancillería, porque eso realmente crea mucho ruido”, advirtió Ulibarri.
El arte del pasillo y el horizonte cultural
Más allá del rigor técnico, ambos exembajadores subrayan la importancia vital del “horizonte cultural” y las habilidades blandas. La ONU es, en esencia, un inmenso ecosistema de interacciones.
Un representante interactúa diariamente con decenas de colegas y funcionarios de organizaciones no gubernamentales. Gran parte de la verdadera diplomacia ocurre en la informalidad: en los pasillos, en las charlas de “uno a uno” y en las infinitas recepciones a las que es casi obligatorio asistir, así sea por fracciones de media hora.
Enfrentarse a este crisol de nacionalidades exige una apertura mental para encontrar puntos de convergencia con contrapartes inusuales. Cuando se le consultó sobre cómo sobrellevar las presiones de este caótico entorno, Carazo reformuló la premisa de la supervivencia para hablar de una actitud propositiva: “Más que a sobrevivir, diría yo aprovechar, beneficiarse de ese complicado universo”.
Es precisamente en esta inmensa red de contactos humanos donde el embajador debe demostrar una madurez inquebrantable, separando el debate ideológico del trato cortés. La fricción entre Estados no debe jamás contaminar el vínculo entre sus diplomáticos.
Ulibarri lo resume como una regla de oro del oficio. “Una cosa son las diferencias de política y otra cosa son las relaciones personales, o sea, siempre se cuida muchísimo mantener un nivel de respeto en las relaciones personales, aunque haya grandes discrepancias desde el punto de vista político”, subrayó.
Manejo de crisis y el rescate de la cordura
El ritmo habitual de la oficina puede verse drásticamente alterado por imprevistos o metas nacionales específicas. Mientras que el trabajo de rutina exige largas noches y madrugadas de estudio para preparar el terreno, las emergencias cambian las reglas del juego.
Ulibarri recordó cómo la sorpresiva invasión de Nicaragua a Isla Calero consumió hasta un 40% de su tiempo, obligando a utilizar a la ONU como una gran vitrina para que el país, sin ejército, alzara la voz y llegara a naciones fuera de su zona de influencia natural.
En el caso de la actual administración, señaló que una meta prioritaria natural sería el impulso a la candidatura de Rebeca Grynspan para ocupar la Secretaría General de la ONU.
Frente a este panorama de exigencia continua y agendas saturadas, hay una norma no escrita que ambos exdiplomáticos comparten a cabalidad: la preservación de la salud mental durante el fin de semana. “Hay una política de que es tan intenso el trabajo de esos cinco días por 15 horas que el sábado y domingo hay que descansar, si no se funde”, explicó.
