La mañana todavía estaba fresca cuando Álvaro Ramos salió feliz del hotel Corobicí, en La Sabana. Antes, eso sí, disfrutó de un desayuno familiar y minutos después presenció algo que describió como un presagio de la jornada electoral de este domingo: un arcoíris en el cielo.
“Para mí, ese arcoíris representa la esperanza”, comentó.
Luego saludó a sus padres y, manteniendo su estilo sereno, emitió el primer mensaje a sus seguidores. Ante las cámaras de prensa transmitió una sensación de optimismo por los votos que, según él, le estaban favoreciendo en el extranjero.
A las 9 a. m., la jornada continuó en silencio y recogimiento. Ramos asistió a misa, como acostumbra. Católico practicante y cercano al movimiento de Schoenstatt, escuchó atento el mensaje del sacerdote de la comunidad, centrado en la humildad, la transparencia y la honestidad.
Cuando se leyeron las bienaventuranzas, Ramos sonreía. Daba la impresión de que las sentía dirigidas a él.
Al ser las 10 a. m. los minutos de meditación y serenidad de Ramos estaban a punto de quedar atrás. El contraste, al arribar a la escuela Juan XXIII (en San Antonio de Escazú), fue brutal. Al llegar a votar, lo esperaba un grupo numeroso de personas que lo saludaban, lo aplaudían y buscaban acercarse para tomarse una foto.
La escena se volvió festiva, ruidosa, casi desbordada. Dentro y fuera del centro educativo, el paso de Ramos obligó a detenerse: para muchos, verlo era suficiente para paralizar por instantes la rutina electoral.
Avanzar no fue sencillo. Entre simpatizantes, curiosos y equipos de prensa, el trayecto hasta la junta receptora de votos se convirtió en una prueba de paciencia. Los periodistas intentaban abrirse espacio para registrar el momento; él respondía con saludos rápidos y sonrisas, consciente de la atención que generaba.
Tras emitir su voto, Ramos no se marchó de inmediato. Acompañó a su esposa a otro recinto electoral, mientras el grupo que lo respaldaba volvía a rodearlo. En un punto, fue subido a la parte trasera de un vehículo tipo pickup desde donde ofreció un breve mensaje.

Luego, en caravana, Ramos continuó su recorrido. Eso sí, no fueron pocas las veces en que vio detenido su periplo, pues las solicitudes de selfis y saludos se multiplicaron en cada kilómetro recorrido.
La jornada matutina cerró en las urnas de las elecciones infantiles, en el Museo de los Niños. Ahí terminó un recorrido marcado por símbolos, fe y multitud. Una mañana electoral en la que Álvaro Ramos transitó, casi sin pausas, del silencio a la algarabía, bajo la mirada atenta de quienes lo flanquearon desde temprano.
