Cuando las bombas de la OTAN cesen de caer sobre territorio yugoslavo, las tropas serbias pongan fin a sus atrocidades contra la población civil albanesa-kosovar y se firme un acuerdo de paz entre las fuerzas contendientes, una pregunta, indefectiblemente, surgirá en toda persona interesada en el ajedrez de la geopolítica y las relaciones internacionales, especialmente en aquellas en una posición de poder político. Esa pregunta se resume en lo siguiente: ¿Cuáles serán las secuelas humanas y políticas de esta nueva tragedia en Europa?
Me parece, como lo he expresado en comentarios anteriores, que cuando el grande ataca al chico, no importa si justa o injustamente, legal o ilegalmente, con o sin la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU, con o sin violación del Derecho Internacional, con o sin advertencia previa, la pasión nacionalista y el instinto de sobrevivencia del agredido se convierten rápidamente en odio profundo hacia el agresor, produciéndose inmediatamente la unidad del pueblo alrededor de su líder, independientemente si se trata de un demócrata o un déspota. Como en Serbia no existe la libertad de prensa, el grueso de los habitantes ignora los crímenes cometidos por su ejército, facilitándose así el surgimiento de ese Fenómeno colectivo político-psicológico de apoyo incondicional al cabecilla. En consecuencia, es inútil pretender de parte de la OTAN hacerle creer a los civiles serbios que los bombardeos no van dirigidos contra ellos sino sólo contra su régimen.
Heridas profundas. En Rusia, los rencores contra Occidente por el ataque de la OTAN contra Serbia, ciertamente serán profundos y duraderos, propulsando a sus dirigentes a fortalecer y llevar a la práctica la doctrina del Eurasianismo. Como resultado de ello, probablemente surgirá una nueva guerra fría entre Rusia, tradicional aliada de Serbia, y los EE. UU.
Esta teoría o doctrina geopolítica enfatiza las particularidades de Rusia, y argumenta que el país no necesita de Occidente para modernizarse. En su versión más radical, el propósito del Eurasianismo es aprovechar la gran masa terrestre de Eurasia como plataforma geográfica para desde allí lanzar un gran movimiento cuyo fin último seria borrar todo vestigio de influencia occidental. En pocas palabras, se propone lograr el renacimiento del antiguo Imperio Ruso. Obviamente, para llevar a cabo semejante misión, Rusia deberá primero poner orden en casa.
El máximo exponente del Eurasianismo en la actualidad es Gennadi Zyuganov, diputado comunista y líder de una coalición de la extrema izquierda con la derecha populista y nacionalista en la Cámara Baja o Duma del Parlamento ruso. Esta coalición controla aproximadamente la mitad de todos los parlamentarios y su poder se acrecienta conforme los problemas y el sufrimiento de la población rusa se agravan sin vislumbrarse una solución a corto plazo.
Presencia norteamericana. En este lado del Atlántico, Zbigniew Brzezinski es el más prominente teórico de un eurasianismo como parte fundamental de la política exterior de los EE. UU. Con su habitual brillantez y profundidad analítica, en su libro The Grand Chessboard expone sus ideas geoestratégicas, abogando por una fuerte presencia norteamericana en la inmensa geografía de Eurasia. La masiva ayuda de armas, a través de la CIA, a los rebeldes afganos contra los invasores rusos fue un primer gran paso en esa dirección.
Pues bien, el escenario parece estar listo para que el siglo XXI sea testigo de la lucha entre estos dos titanes hasta lograr sus respectivos propósitos hegemónicos, sin descartar el ingreso en esa contienda de un tercero y hasta un cuarto poder. ¿China? ¿India? ¿Islam?
Homo hominis ratus -El hombre es la rata del hombre- podría ser un buen epitafio para calificar a este agonizante siglo de horrores.