Aquella mañana del verano de 1968 llegué entusiasta, pero sin mi color natural, al portón del Liceo de Tilarán, hoy Liceo Maurilio Alvarado Vargas.
La verdad es que mi tía abuela Anita Marín, doña Tina y Josefa habían fallado en sus intentos de hacerme el nudo de la corbata, y sentía que me asfixiaba.
Con muy buenas intenciones y cariño, las tres metieron mano (en algún momento tuve una rodilla de Anita en el pecho) hasta dejarme dos puntas como orejas de dóberman, y el resuello al mínimo.
René Campos me paró en seco en la puerta de mi hoy sesentón colegio, ahí por donde está el cedro, me soltó con costos aquel entuerto y me hizo un nudo corredizo.
Ya repuesto, llegué al pasillo del primer pabellón, en busca de mi aula. Entonces me topé con caras de ilusión de quienes hoy son mis amigos, como Edwin Jenkins, Jeannette Álvarez, Xinia Monge, Álvaro Antonio Vargas, Juan Bautista González, Abraham Campos, José Rafael Herrera, Isaías Salas, María Elena Zamora, José Antonio Alfaro, Jorge Arturo Ruiz, Dagoberto Arias, Eduardo Muñoz...
Me tocó el 1-3 y, de profesor guía, a don Orlando Torres. Luego desfilaron por el salón Franklin Vargas, Amalia Martínez, Carlos Eliot Viales, José Ángel Acosta... Fui al aula-taller de Ronulfo Elizondo y recibí la sorpresa del día: me llamaba casi igual que el profesor de Estudios Sociales, Ulfrán Vargas.
Mi mamá me contó que ella tomó mi nombre de aquel chiquillo rubio que conoció cuando de niña iba a traer la leche adonde don Alberto Vargas.
Me metí en un rincón del aula y desde ahí fui conociendo a los despabilados compañeros, casi todos criados en la ciudad de Tilarán y, por lo tanto, kilómetros adelante de Chamelo, venido de Naranjos Agrios, camino a Tierras Morenas, a orillas de la laguna de Arenal.
Pocos días después hubo elección de junta directiva, y Álvaro Antonio Vargas (mejor conocido como Guaro) ganó la presidencia por amplia mayoría, incluido mi voto.
Y comencé a salir del rincón en el recreo grande, para ir por una cajeta de leche adonde doña Hilda Murillo o un helado de crema o coco adonde Soleno.
Ya ambientado, seguro de que mantenía mi beca, que me exigía nota mínima de ocho, y motivado por profesores, intenté ser dirigente, orador, actor y otras yerbas, en la etapa más intensa y bonita de mi vida.