Un nostálgico pero a la vez refrescante reportaje publicado ayer en la revista Viva rindió homenaje a una serie de palabras y expresiones que han caído en el desuso por esos giros que, para bien o para mal, da constantemente el idioma.
Aunque comparto el criterio de que no puede afirmarse que la lengua que hablamos hoy es mejor o peor que la que hablábamos hace 20 o 30 o 40 años, porque cada una ha cumplido su respectivo papel, sí considero que muchos de los términos abandonados reflejaban mejor el ingenio popular para llamar a las cosas o las situaciones de determinada forma. Sin tanta influencia extranjera como existe ahora, sobre todo electrónica y tecnológica, que va colmando el léxico de neologismos y palabras técnicas en detrimento de la autenticidad del idioma local.
Por eso, resentí la ausencia en la lista de ejemplos publicada, de "sinónimos" de fallecer como patear el balde o colgar las tenis y en alguna medida palmarse, que creo que sí se mantiene como parte del vocabulario de las nuevas generaciones.
Se habla en el reportaje de chisperos pero hay error de omisión con batidora para calificar ese bailongo a todo meter; el pilón con que se describe a una mujer muy guapa se asemeja al menos al ausente mulón, y bebedera (borrachera) para mi gusto se queda corto comparado con tanda, juma, rasca o el más antiguo, andar almadiado. Y el término más exquisito para denominar los crueles efectos del día siguiente: gotera.
Existe otro fenómeno que más que curioso debe llamar la atención porque refleja un desconocimiento que puede rayar en la ignorancia: los nombres de productos alimenticios que las nuevas generaciones no conocen. Y no solo desconocen las palabras sino que no tienen idea de si lo que estas denominan es siquiera un producto terrenal. Por ejemplo tiquisque, caimito, raíz o berenjena.
Pero esto será motivo de otro comentario.