Desde finales de los años sesentas el paisaje de los cines de San José se modificó radicalmente, pero quizá la última frontera era la de la pornografía. Y me parece bien que bajo cierto nivel de tolerancia sea el público prevenido y no la censura quien tome la decisión de qué ver y qué no. En el mundo de los videoclubs, Internet y la televisión por cable y por satélite, ¿qué sentido tiene mantener una hipocresía basada en la sexy comedia? El problema de fondo iba mucho más allá de una ingenua distinción entre cine erótico y, por lo tanto, aceptable, y el entonces intolerable porno puro y duro XXX.
El erotismo parecía ser todo aquello que no mostraba el acto sexual explícita o integralmente y que tapaba el desnudo masculino. En la práctica, el problema moral se redujo a un asunto de edición y de primeros planos, pero lo más interesante fue que marcó una tajante separación entre lo que era público y lo que no lo era.
La sala de cine se consideró un lugar público, mientras que la televisión un espacio íntimo. Si bien la televisión sufrió la presión reguladora del Estado, la llegada del vídeo emancipó a la técnica de cualquier límite moral que excediera la responsabilidad individual.
Ahora la separación entre una y otra esfera es tenue: ¿cómo considerar a Internet, un vídeo casero o un talk show confesional?, a medio camino entre lo social y lo personal. Una sala josefina exhibe como la película sobre sexo más controversial de la década una borrascosa noche de pasión -espacio más íntimo no creo que pueda haber- de Pamela Anderson con su marido.
Las “estrellas” no tienen vida privada, es cierto, porque confunden el dentro y el fuera de la pantalla, la realidad y la ficción, pero ahora todo se convierte en imagen, y toda imagen, íntima o no, se vuelve pública.