A menos de tres semanas de las elecciones, 420.000 personas no se han definido por algún candidato. Ojalá esta abultada cifra disminuya bastante en los pocos días que faltan.
Al igual que las elecciones en EE. UU. de noviembre del 2000, en esta contienda electoral cada voto cuenta. En EE. UU. el presidente resultó electo por un inverosímil margen de solo 571 votos (más los de cinco magistrados). Es muy improbable que aquí ocurra algo tan inusual. Sin embargo, las últimas tendencias presentan dos situaciones muy apretadas: ¿habrá o no segunda elección y, de ocurrir, entre quiénes?
Independiente de la respuesta que cada elector otorgue a las anteriores dos preguntas, lo cierto es que si vota o no, afectará el resultado. En anteriores elecciones, por lo remoto de una segunda elección, la decisión de no votar (o de votar en blanco según el TSE) prácticamente no afectaba el resultado final. En esta elección, esa decisión es trascendental. A mayor votación, mayor el número de votos requeridos por un candidato para alcanzar el 40%. Además, nunca antes había importado quién quedaba segundo y quién tercero. En esta, es fundamental.
Las 420.000 personas aún indefinidas pertenecen primordialmente a los estratos socioeconómicos más bajos y les cuesta más ir a votar. El abstencionismo "duro" lo componen las 175.000 de esas personas que no votaron en las pasadas y difícilmente lo harán en estas. El resto debe participar. Cuántos más electores participen mayor será la legitimidad del elegido y más fuerte emergerá la democracia costarricense.
Costa Rica tiene un excelente sistema para elegir presidente. No lo desperdiciemos quedándonos en casa o votando en blanco o nulo. Votemos por el que creamos hará mejor trabajo, pero votemos. No botemos el voto.