En una pancarta que convocaba a la desobediencia civil en una de las tantas protestas en Caracas se leía: “Venezuela, la decisión es tuya: votar o botar”. Este valiente juego de palabras es un buen resumen de la actualidad venezolana, orientada por el dilema de resolver sus conflictos “votando” en un plebiscito, para determinar una eventual convocatoria a elecciones anticipadas, o “botando” al Presidente y designando un gobierno transitorio mientras se realizan comicios para elegir a un nuevo mandatario. Así, al final la cuestión se decide votando o botando.
La reticencia de Chávez ante la dinámica de este dilema es evidente, y es que ambas salidas lo llevan a su expulsión del Poder –así, con mayúscula–.
Chávez se aferra al Poder en un acto desesperado, que más bien parece de supervivencia y que, en todo caso, se ha prolongado más de lo necesario. Él, que hasta hace poco tenía una afición declarada y casi adictiva a las consultas populares, que representan, según él, el claro reflejo de –y aquí hecho mano a sus repetidas y gastadas palabras– “la voz del pueblo”, se ha convertido, con rapidez muy conveniente y sospechosa, en un fóbico de todo lo que huela a plebiscito y referéndum.
Chávez siempre me ha parecido un personaje de caricatura, muy propio de países donde ordenan y desordenan los extremos: la alegría y la hermandad o el enojo y la violencia, la riqueza más fabulosa o la pobreza más inaceptable, el intelectualismo político y el ideario doctrinal más depurado y admirable o la chabacanería (por ejemplo: Chávez) y el denuedo por la superficialidad más repugnante.
Muchas veces me pregunto cómo dibujaría al Comandante-Presidente y, hoy por hoy, lo pintaría con cara de susto y roja –no sé si por vergüenza o pánico, quizás por los dos– como su boina, cayendo por los aires con el paracaídas dañado –en el que se lee: “Constitución Venezolana”– que se resiste a abrirse y salvarlo de un inminente choque contra lo que ve asustado más abajo: un mapa de Venezuela donde, con todo y petróleo, diamantes, carbón y demás riquezas naturales, se avistan caras famélicas, cuadros delincuenciales dantescos y ciclos de violencia y corrupción inacabables.
Todo esto me hace reflexionar: ¿Será que Bolívar tuvo razón al pronunciar en sus últimos días aquella dolorosa frase que hoy parece más cierta que nunca: “He arado en el agua”?
Ojalá que el pueblo venezolano, que Venezuela toda, demuestre al Libertador que estaba equivocado.