Managua. - El secuestro de los invitados a la fiesta en conmemoración del cumpleaños del emperador del Japón perpetrado por el MRTA en Lima ha perdido su momentum tras varias semanas. Ese momentum dramático no parece que pueda recuperarse y, precisamente, el prolongado anticlímax es lo que seguirá abriendo, de manera ojalá inexorable, las puertas de una solución sin sangre. De hecho, debajo de la tensión de las aguas estancadas del impase, no puede sino haber una negociación oculta, en marcha, entre el gobierno de Fujimori y el MRTA. Y no deja de ser un buen augurio que en las transmisiones de televisión en vivo, cada vez más sosegadas, oigamos a los rehenes cantar desde lejos, tras los ventanales de la residencia diplomática, con entonación ranchera de desvelo, volver, volver, volver... a mi casa otra vez.
El secuestro en Perú, con todo su aparato de sensación, en tiempos de postmodernidad es, antes que nada, un espectáculo de masas para millones de televidentes, igual lo fue la operación tormenta del desierto. La firma de los ansiados acuerdos de paz en Guatemala, entre el gobierno del presidente Arzú y la URNG, que ha puesto fin a una guerra de más de tres décadas, no lo ha sido; pasó solamente como una ceremonia diplomática.
La toma de más de cuatrocientos rehenes, en cambio, es espectáculo, y juego de guerra; y como juego, tiene reglas, la primera de ellas la mutua contención, el equilibrio de tensiones que es el empate. Esas reglas dicen que no hay premuras, y que cada movida debe ser cautelosa, y precisa, desde el momento en que los riesgos iniciales, los de la irrupción violenta en la fiesta desprevenida, han sido superados.
A partir de entonces, los espectadores no debemos esperar nada parecido a ejecución de rehenes con un tiro en la cabeza, en prueba de la dureza de sus captores; o a un asalto militar a la residencia tomada, con muchos muertos y heridos, en prueba de la determinación de Fujimori de imponer la ley y el orden. En cualquiera de los dos casos, la brutalidad campearía en las pantallas con sus colores de sangre y duelo, y significaría que uno de los dos contendientes en escena --guerrilla o gobierno-- habría perdido irremisiblemente la batalla de la imagen.
Porque más allá de los relieves del acontecimiento mismo, secuestro masivo, exigencia de una lista de guerrilleros prisioneros a ser liberados, la gran partida de ajedrez se empezó a jugar de cara a millones de televidentes en todo el mundo que son, al fin y al cabo, los jueces supremos de todo hecho --o espectáculo político--. Con base en las virtudes de la imagen, el telejuez absuelve o condena, en un proceso más que sumario, instantáneo. La información que explica realidades y circunstancias, tarda demasiado en aposentarse en la memoria, o en la conciencia.
Por eso, un hecho tan espectacular como el que fue montado por el comando del MRTA, y tan minuciosamente planeado, estaba destinado antes que nada a las cámaras de televisión que, como era de preverse, se alinearon desde el primer instante por centenares, en guardia permanente frente al edificio tomado. Y la reacción del gobierno de Fujimori empezó a darse, por omisión, también frente a esas cámaras. No hacer nada, no decir nada, era ya una respuesta, la movida cautelosa de una ficha en el tablero.
Será el televidente en Hong Kong, o en Kiev, o en Lausana, o en Asunción, el que decide quién es el justo, y quién el pecador. No es la justicia o injusticia de tomar a alguien de rehén violentando su voluntad lo que se juzga a distancia, porque el opio de la imagen espectacular y sorpresiva adormece el juicio ético: antes se quiere ver, se quiere participar, entrar en la escena, para eso existe el ojo de la interioridad de los pormenores del escenario, mayor frustración.
La confusión de hechos reales y hechos ficticios me seduce como uno de los fenómenos capitales de la globalidad informativa: la tormenta del desierto fue presentada por la CNN como una superproducción con su propia fanfarria musical, música de película; los héroes y los villanos, ficticios o reales, están en la acción, que es su matriz; no son personajes de la conciencia, sino del poder de la imagen. Por lo tanto, quien entra en la escena, sabe que se juega su suerte, y la de su acción, la de su motivo, en el tablero de la pantalla. Después que el comando irrumpe, y se adueña de la situación tras el uso de todos los recursos escénicos, actúa de acuerdo a un guión que no admite improvisaciones.
Salirse del guión es arruinar el filme, arruinar sus resultados. Y el guión del MRTA dice que se trata de rebeldes justos, que no se parecen en nada a los terroristas sin alma de Sendero Luminoso; que creen en el mercado, en las inversiones extranjeras, en la democracia representativa. ¿Cómo, dentro de ese guión, puede caber la ejecución fría de un rehén inocente y desarmado para sentar un precedente de dureza sin retroceso? Los héroes pasarían a ser villanos y entonces, la imagen trabajaría, ahora así, sobre la conciencia para que el gran jurado se alce con un juicio condenatorio, haciendo que la acción pierda todo su prestigio y, por tanto, toda su eficacia política.
Y viceversa. Desde el atropello institucional con que Fujimori empezó su reinado, cerrando el Congreso y destituyendo a los magistrados de la Corte Suprema, creó una marca propia para vender en el mercado su producto; ya no fujimorazo, sino fujimilagro: paz y estabilidad para la prosperidad económica, que sólo se consiguen apretando la rienda en el puño firme del autoritarismo; un Perú feliz que progresa todos los días con el índice de crecimiento económico más alto de América Latina, donde funciona la democracia a plenitud y sobre todo, donde se acabó la violencia y se domó al terrorismo; dígalo si no la imagen de Abimael Guzmán agarrado a las barras de acero de su jaula, como una réplica del doctor Hannibal Lecter en El silencio de los corderos.
El asalto del comando del MRTA es el pistoletazo en medio de ese concierto. Esa imagen del autoritarismo curalotodo se ha roto en añicos; pero asaltar la residencia convertiría el autoritarismo que aún se vende como benévolo, en feroz. No es un asunto de cifras frías, como las del crecimiento económico: una operación relámpago cuesta, según los estrategas militares, un veinte por ciento, al menos, de bajas entre muertos y heridos del total de cautivos y captores --si tiene éxito--, suficiente para teñir de rojo por días enteros las pantallas y entonces sí, las conciencias. Nadie perdona un tiro en la nuca, menos una masacre. Y esa imagen de oprobio arrastraría consigo de primero, nada menos, que a los propios fabricantes de los televisores; sin el consentimiento del gobierno del Japón, ninguna fuerza de asalto puede penetrar en la residencia.
De este empate benéfico, que es el fruto de las obligadas circunstancias que han llevado al anticlímax, sólo puede salir una solución negociada que no deje ni muertos, ni sangre en el escenario. Y que entonces, la parodia de la canción ranchera, se haga verdad para todos los rehenes. Volver, volver, volver... a mi casa otra vez. Que así sea.