¿Qué está pasando en el país con tantos males? Muchas cosas pasan que no deberían pasar y que pueden evitarse. Hay muchas soluciones, venidas desde muy distintos campos: sociales, morales, económicos, laborales, psicológicos, religiosos, políticos, educativo ... Todos aportan soluciones y, conjuntadas, mejor; pero, como esto es difícil, se puede comenzar por aquella que más me afecta y que está en mis manos. Porque la mejor solución es la que empieza por mí, por el conocimiento de mí mismo y por el esfuerzo propio. Y la primera salida es darme cuenta de que soy persona, única, irrepetible e insustituible y que, como dice el filósofo Martín Heidegger, nadie puede vivir ni morir por mí. Es decir, mi propia vida y mi propia muerte sólo yo puedo vivirlas, es algo personalísimo, es un patrimonio inalienable. No puedo esperar a que alguien venga a hacerlo por mí. La responsabilidad personal no puede delegarse. La vida comienza por la lucha, una lucha que dura desde el principio hasta el final. Entonces la existencia se abre para mí, la acepto, me acepto, la vivo y crece, se multiplica.
Comprensión y exigencia . En las relaciones padres-hijos, por ejemplo, existe un binomio importantísimo para la creación de relaciones de apertura o aceptantes: el binomio comprensión-exigencia, que le viene bien a la vida familiar. Comprensión es amor, ternura, saber disculpar y perdonar, olvidar, tener paciencia, saber esperar y escuchar. Exigencia es esfuerzo propio, responsabilidad personal, que cada palo aguante su vela, lo contrario de lo que quieren hacer los políticos por el pueblo: resolverle todos sus problemas. No; cada uno debe meter cabeza y corazón para resolver los suyos. Y, si no puede o no tiene acceso a los medios necesarios, viene el auxilio, la acción subsidiaria, "la opción preferencial por los pobres", que tanto pregona Juan Pablo II. O sea, labrarse cada uno su propio destino aquí en la tierra y que la lucha no decaiga un solo instante, que el descanso sea para represar fuerzas. Esta toma de conciencia es indispensable para vivir vida humana, para crear, para el desarrollo personal y el de mi familia y el progreso social y del país. Pero para esto hace falta un mayor sentido de trascendencia, que se ha opacado últimamente.
En cambio, cuando se vive con sentido sobrenatural, cuando vida, trabajo, deberes, cuando todo se le ofrece a Dios, no sólo comienza uno a labrarse su futuro de eternidad, sino que varía sustancialmente la manera de ser, de ver el mundo y de estar en él; se iluminan todos los rincones del alma y todos los caminos de la existencia y, lo que es mejor, se ve con otros ojos a los semejantes, que pasan a ser mis hermanos. Así, es más fácil ir tejiendo la urdimbre de la solidaridad humana, la fraternidad, la justicia social y la concordia. Esto hace falta en el país. Mejor dicho, conocerse más a uno mismo, luchar para tener una moral de victoria y vivir para Dios.
Una falsa percepción . Él no es un juez implacable; es un padre amoroso, comprensivo y lleno de misericordia, siempre está de nuestra parte y nos quiere a su lado. Nosotros, sus hijos, somos los únicos seres espirituales, inteligentes e inmortales, y esta dimensión no puede ocultarse debajo de las palabras, la indiferencia o el olvido. Estos primeros principios no pueden omitirse; conviven con nosotros. No somos seres hechos para la autonomía y la independencia, la caducidad o temporalidad, el consumismo y el bienestar. Estas son apenas como esas pieles que las culebras renuevan cada cierto tiempo bajo el sol. Nosotros somos más. Nadie puede desentenderse de su propia vida o desnaturalizarla, no conocerse a sí mismo y olvidarse de la muerte y de la vida futura. Nadie puede no bucear en su ser personal estas verdades de a puño, primarias, fundamentales. Cuatrocientos años antes de Cristo, Platón le aconsejaba a Gorgias vivir lo mejor posible para así enfrentarse al juicio divino que sobreviene después de la muerte.
Vale la pena pensar en uno mismo (quién soy, de dónde vengo, hacia dónde voy), darle a la vida un mayor sentido sobrenatural y no dejar abandonada en el camino a la hermana muerte por llamarse muerte. La vida y la muerte son dos líneas paralelas que al final se juntan. Y, cuando se piensa en la muerte, la vida cambia, cobra un nuevo sentido; el alma se asienta, vuelve a la paz del silencio.
Tal vez pensar en el más allá que no se experimenta ni se mide como en la ciencia, pero que es tan real como la ciencia sea una ruta para volver a enrumbarnos y salirse de tantos descaminos.
Se trata de reverdecer con las lluvias de mayo.