
Se nos ha muerto don Jorge Rossi Chavarría. ¡Sí, se nos murió a todos!; a todos porque dedicó su vida a los demás, a mejorar nuestra patria, a seguir, con el ejemplo, los valores cristianos que profesó.
Hemos perdido un hombre de tres Costa Rica diametralmente diferentes. La de su infancia y juventud, una Costa Rica todavía rural, pequeña, en la que el tiempo pasaba muy lento, sobre todo para los pobres.
Don Jorge ayudó a fundar la segunda Costa Rica porque fue valiente como muchos de su generación y decidió cambiar por la fuerza esa realidad dispar y las arbitrariedades del momento.
Contribuyó a proteger a los desvalidos. Fue parte de la patria que distribuyó la tierra para los que la trabajan, que fomentó el crédito estatal para la producción de los menos afortunados, que expandió la educación para entregar a todos una herramienta permanente que les permitiera un mejor futuro como personas pensantes, independientes; la generación que enderezó la democracia. Él fue un ciudadano ejemplar, comprometido con esas fuerzas de transformación de nuestra sociedad.
Don Jorge trabajó a brazo partido para cambiar las injusticias. Consciente de los ideales de su generación, distribuyó sus propias tierras entre cientos de agricultores de Turrialba, que son hoy costarricenses dignos, libres, dueños de su destino.
Ese es un ejemplo de su profunda convicción con los ideales de la igualdad social que tantos han disfrutado y que debemos emular. Ahora fallece don Jorge Rossi, en la tercera Costa Rica, mucho más rica y democrática gracias a esos años de esfuerzo desinteresado.
No por haber cambiado al país dejó de trabajar don Jorge por los demás. Durante todos estos años ayudó desde organizaciones sociales que permiten educar a personas de zonas rurales e integrarlas al mercado laboral.
Practicó su conciencia social con tenaz convicción: todo un ejemplo para los jóvenes.
Fue un dedicado padre de familia y el núcleo luminoso de varias generaciones. Siempre preocupado por todos, vivió dedicado a transmitir a sus hijos y a sus nietos los mejores ideales, la ética del trabajo duro, honrado y constante; a explicarles la diferencia entre el egoísmo y la concentración de la riqueza que resurgen hoy, y las bondades de una vida austera, frugal, agradecida con Dios, y volcada hacia el prójimo.
Hoy estamos tristes, muy tristes y abatidos por su muerte; pero, cuando recorramos los caminos del compromiso social, de la solidaridad con los menesterosos, del sacrificio personal por los demás, oiremos por siempre este grito vibrante del honor y del cariño de la gente: "¡Viva Rossi! ¡Viva Rossi! ¡Viva Rossi!".