Hace unas semanas Génova recibió en el bello Palacio Ducal, la antigua residencia de los "dogos" (sus gobernantes), la última reunión de los dogos modernos: los Siete Grandes más Putin (de Rusia), quienes discutieron una vez más los problemas del mundo, con la intención de aprobar medidas encaminadas a lograr mejor convivencia para todos. Sin embargo, Génova fue presa de la violencia generada por un movimiento antiglobalizador, que ha ido tomando cada vez más fuerza, conforme los problemas de la especie humana, en vez de disminuir se agravan más después de cada una de estas reuniones.
Génova, a lo largo de los siglos, ha conocido muchas formas de violencia, pues ha sido dominada por griegos, cartagineses, romanos, venecianos, franceses, españoles, tropas napoleónicas y piamontesas, sin olvidar los bombardeos de la II Guerra Mundial que destruyeron sus principales sectores industriales e instalaciones portuarias; pero la violencia a que se vio sometida esta vez por el furor de centenares de miles de personas que dañaron sus hermosos edificios, quemaron vehículos y crearon un caos urbano que parecía cosa del pasado y no del refinado y civilizado presente de esta rica ciudad, orgullo de la región de Liguria no ha venido de un solo pueblo, sino de representantes de los pobres del mundo entero, que sufren en carne propia las características que la globalización ha venido adquiriendo en el tránsito del siglo pasado al presente.
Nada no es ajeno. En el último tercio del siglo XX y en estos pocos meses del XXI, los colosales avances en la ciencia y sus aplicaciones a los procesos productivos y a la comunicación, han profundizado cambios que radicalmente transformaron el mundo: se acabó la noción de lo lejano o extraño para dar paso a una estrecha convivencia de todos los hombres, en la cual nadie ni nada nos es ajeno o indiferente. El efecto "tequila" en la economía mexicana, el "tango" en Argentina o la extensión que adquiere el sida en África, por lejanos que puedan parecernos, afectan la totalidad de los procesos económicos y de sobrevivencia de la especie humana.
La globalización es una de las características de nuestra época. No se trata de luchar contra ella para hacerla desaparecer porque, como dice Roberto Sasso, "protestar contra la globalización es como protestar contra la locomotora o contra Internet". De lo que se trata es de adquirir una visión mundial de la realidad que nos permita comprender que para la sobrevivencia de esta civilización, la globalización ha de realizarse con justicia.
Estrechez de miras. Este proceso y sus consecuencias, que nos parecen tan evidentes la intensa interrelación que ha adquirido el destino de todos y cada uno de los seres humanos, debió generar mayor solidaridad entre todos los pueblos y no una explotación cada vez mayor de los menos desarrollados y débiles por los más avanzados y poderosos. No se ha logrado vencer el aislamiento y la estrechez de miras de las naciones más ricas y sus gobernantes, en particular del último presidente de los EE. UU. Al negarse Bush a la aprobación del tratado de Kioto, así como al de la producción de armas bioquímicas, comete un error político de una enorme gravedad. Resulta absurdo que Estados Unidos no entienda que el disfrute de su riqueza y el bienestar de la gran mayoría de sus habitantes están cada día más condicionados al logro de un equilibrio mundial y que la indiferencia ante las hambrunas en Centroamérica, África o cualquier otro oscuro lugar del mundo, pone en peligro todo su éxito.
Por eso, aunque uno no puede menos de sentir indignación mirando las tomas de la televisión en Génova, que muestran el colosal desorden de los choques entre policías y las masas que se oponen a la globalización, tampoco podemos dejar de sentir vergüenza cuando ingresamos al suntuoso Palacio Ducal y conocemos los mínimos resultados a que llegan los 7 grandes más Putin para mejorar la situación de los más pobres; ciertamente la violencia de estos dogos mundiales es mucho más perjudicial que la que se da afuera, porque con sus torpes acuerdos nos llevan, a pasos agigantados, hacia una catástrofe de dimensiones mundiales, que pone en peligro la sobrevivencia de la actual civilización capitalista.