La formación de barras de aficionados en los clubes de primera división del futbol nacional es un arma de doble filo. Puede servir para organizar a los aficionados más ardorosos durante los partidos para que, con cantos, hurras, bailes y gritos, encaucen sus energías. Pero, puede también convertirse en un instrumento de violencia por la concentración del grupo en un sector de la gradería, por la emoción propia de estos partidos y por la presencia de líderes que, como ha ocurrido en otros países, en vez de atemperar los ánimos, incitan al desorden, el irrespeto y los actos delictivos.
En estos últimos campeonatos, se han desatado las furias de estas barras, principalmente a la salida de los estadios, con el agravante de que, si un grupo de estos ha sufrido el vejamen o la agresión de sus rivales, en el siguiente partido, cuando ellos son casa, toman venganza. De este modo, la violencia va in crescendo y el futbol, diversión de los niños, de los padres y de familias enteras, pierde su sentido y se trueca en escuela de deformación de la sociedad. Deberían servirnos de espejo los actos brutales ocurridos en América del Sur y en Europa. ¡Qué lástima! En vez de imitar la organización del futbol de otros países y de aprender del estilo, técnica y calidad de los grandes equipos, copiamos lo peor: el comportamiento agresivo de las barras.
Sirvan estas reflexiones para llamar la atención del Gobierno, de los dirigentes del futbol nacional y de los clubes, principalmente de los preferidos, preocupados por los actos bochornosos protagonizados, el domingo anterior, en los alrededores del estadio Saprissa, cuando un grupo de fanáticos arremetió contra los guardias civiles e hirió a cuatro de ellos. Lo que más llama la atención en estos hechos fue la sinrazón de la conducta de los aficionados de La Ultra contra la policía. Esta se había comportado con respeto y cumplía con su deber. ¿Por qué descargar contra ella el enojo de la derrota? Y ¿por qué apedrear el autobús que transportaba a los jugadores de la Liga, si estos se habían comportado con hidalguía? Este hecho, junto con otros en meses pasados, demuestra que estas barras se han tornado incontrolables y que es preciso, de inmediato, poner freno a esta desmesura.
Preocupa, asimismo, el comportamiento de esta barra en el intermedio del partido del domingo, cuando algunos trataron de impedirles a los aficionados el uso de los servicios sanitarios. Esto ocurrió cuando el partido estaba empatado, lo cual demuestra que la motivación de algunos de estos fanáticos no es el disfrute del partido, sino la provocación y la violencia. ¿Qué puede pasar el día en que grupos exaltados en los estadios impidan el paso de los aficionados, provoquen conflictos más graves o se produzca una aglomeración en espacios reducidos? Si los fracasos del futbol nacional y la tortura de un campeonato infinito han alejado a los aficionados de los estadios, la violencia, dentro o fuera de estos, va a completar la obra del colapso de este deporte.
El futbol debe ser escuela, motivo de diversión y entusiasta encuentro popular, no un aliciente más en la escalada de violencia que sufre el país. Que mediten los dirigentes del futbol y las autoridades deportivas, y que, sin dilación, adopten las providencias respectivas. Estos actos de barbarie no deben verse más ni dentro ni fuera de los estadios.