Cuando el presidente de la Corte Suprema, William Rehnquist, proclamó en el Senado de los EE. UU. la absolución del presidente Clinton, la sensación de alivio fue universal. Se puso fin a una investigación que duró cuatro años y medio, con un costo de más de $50 millones, y a un juicio político que se prolongó por un año. De inmediato, Clinton se lamentó de su conducta e invitó al pueblo norteamericano al trabajo, a la reconciliación y a la unidad.
Clinton obtuvo un gran triunfo legal. Los cargos formulados contra él no lograron siquiera la mayoría absoluta. Moralmente queda, sin embargo, disminuido. En su vida política ha sobrepasado con frecuencia y en demasía los límites y en la Casa Blanca su más implacable adversario ha sido él mismo. Siempre ha retornado victorioso legalmente del campo de batalla, pero cada vez con más profundas heridas morales. Ha conquistado elevadas preseas en el orden económico y político, pero lo persiguen aún severas denuncias. Ha sido un maestro en el arte de la comunicación, pero no dejará un legado inspirador.
En esta oportunidad ha ganado el más duro combate político, pese a los graves errores cometidos al principio del proceso, gracias a la combinación de tres factores: la bonanza económica de EE. UU., el método inquisitivo, casi patológico, del fiscal Kenneth Starr y el extremismo del sector ideológicamente dominante del Partido Republicano. Como lo expresó Clinton en el reciente informe sobre el estado de la nación, EE. UU. disfruta del tiempo de expansión más largo en su historia y de la tasa de desempleo más baja desde 1957. La consecuencia del éxito económico le ha captado, como ocurre, el favor de la opinión pública, que alcanza la cúspide cuando a los resultados se agregan el carisma personal y la capacidad de comunicación con el pueblo.
El Partido Republicano menospreció el factor esencial del éxito económico y del apoyo popular, y añadió un ingrediente explosivo: la desmesura de la acusación, en la sustancia y en la forma, patente en un acto privado censurable, seguido de la mentira, pero sin conexión con la seguridad del Estado o del interés público, y en la obsesión por la destitución de Clinton, una especie de venganza por Watergate y por la dimision de Nixon, lo que llevó al Partido Republicano a dejar de lado la conducta ética del Presidente, donde sí habría podido asestar golpes más eficaces. El equilibrio era la táctica. El pueblo es más suspicaz de lo que los políticos se imaginan.
Clinton ha invitado al pueblo al trabajo y a la reconciliación. Es a él, sin embargo, al que corresponde el trabajo, después de un año perdido en refriegas políticas, creadas por él. La agenda internacional es intensa y el liderazgo norteamericano no puede desentenderse de ella. En lo interno, tiene frente a sí, además del triunfo electoral de Gore y la consagración senatorial de Hillary, el gran reto del programa social, su herencia política, enunciado en el informe sobre el estado de la nación, las propuestas sobre modernización financiera, la reforma sobre las bancarrotas, el mantenimiento o no del "fast-track" y la definición del papel de EE. UU. en los próximos años. Estos objetivos deberán alcanzarlos en una etapa donde el poder del presidente comienza a decrecer por razones electorales y necesita el respaldo del Partido Republicano, desunido y derrotado, y su sector más extremista herido y deseoso de venganza. Clinton sigue vivo, pero más débil. Continúa en palacio, pero este se ha cuarteado.