Muerto el que es la vida, triunfante se levanta, resucitó el Cristo, única esperanza. Iluminados por su luz, y potenciados por la dynamis del Resucitado, podemos meditar con más calma la película La Pasión de Cristo , de Mel Gibson.
Como en los anteriores largometrajes, la película no simplemente traduce la narrativa de los evangelios a la pantalla; sino que yuxtapone escenas entresacadas de los cuatro relatos evangélicos y las entreteje con tradiciones populares y con las meditaciones piadosas que hace la monja mística alemana Sor Anna Catalina Emmerich (1774-1824). El resultado es una especie de vía crucis representado, al estilo de los que vemos en las parroquias.
La opción de Mel Gibson de presentar solo la pasión, muerte y resurrección de Cristo, hace que los espectadores no familiarizados con la historia, se sientan perdidos. De igual manera, la opción de representar el “realismo” morboso de la violencia sacrifica casi todas las enseñanzas de Jesús.
También, algunas imprecisiones históricas desmerecen una realización cuyo objetivo fue vendido como altamente histórico. El gazapo mayor de la película es haber ignorado que el griego koiné era la lengua común en la Palestina del siglo I. Lucas y Juan testimonian que Pilato mandó a poner un letrero sobre la cruz de Cristo en latín, griego y hebreo, pero en el filme, solo aparecen el hebreo y el latín.
La figura de Poncio Pilato es presentada como un hombre ecuánime y justo que busca a toda costa librar a Jesús de la muerte. Sin duda alguna, esta representación no concuerda con las noticias históricas que tenemos de Pilato.
Desde el punto de vista de la fotografía y de la actuación de los personajes, hay que destacar que la película abusa del primer plano, lo cual hace que el espectador sienta repulsión ante las escenas violentas de la flagelación y de la crucifixión.
Puntos altos
La actuación de María (Maia Morgenstern) es realmente exquisita. Sus gestos, su solidaridad con el dolor del hijo se hacen evidentes en el cruce de miradas que ambos mantienen durante todo el filme. Hay que destacar, también, la discreta pero poderosa representación de Magdalena (Monica Bellucci), siempre solidaria y fiel con Jesús y María. La figura andrógina del demonio (Rosalinda Celentano) está bien lograda, pues no estereotipa en varón o en mujer, el origen del mal. Además, su figura rompe con las imágenes grotescas, monstruosas con que siempre es presentado el demonio.
El papel de Jesús (Jim Caviezel) solo se logra apreciar en la escena de Getsemaní pues luego el maquillaje excesivo le roba la expresión al personaje.
No cabe duda de que el realizador muestra en escena el fruto de su fe y de sus propias meditaciones acerca de la pasión de Cristo. La película, usando el recurso de los flashbacks , logra evidenciar en la crucifixión, la fe católica en la presencia real de Cristo en la eucaristía.
Sutil, pero por ello exquisito, el detalle aquel de presentar mediante dos signos la confesión de la Iglesia Católica en el Dios uno y trino: a) el primer signo es la paloma del Espíritu Santo; b) y el segundo es la lágrima del Padre por la muerte de su Hijo.
El kérigma de la película es netamente católico: “el mal no tiene la última palabra. Cristo ha vencido a la muerte y la muerte ya no tiene poder sobre él”.
Tanta sangre y violencia solo se explican a la luz de la fe con el misterio del amor de Dios, para quien dolor y amor son la misma cosa. Plugo a Dios salvarnos de esta manera cruel e ignominiosa, y esa decisión solo tiene una explicación: Dios está loco. Magdalena, al limpiar la sangre de Cristo, recuerda que sus pecados fueron perdonados, así la Iglesia siempre ha entendido que la sangre de Cristo fue derramada propter nostram salutem et in remissionem peccatorum .
La escena de la resurección es muy discreta puesto que nos deja a todos boquiabiertos, en la espera de algo más. La fe en la resurrección tiene como prueba única, la evidencia de la palabra del Padre y la de Cristo mismo: “resucitó como dijo” y también “según las escrituras”.