
Dentro de la actual - y muy correcta - política de la Compañía Nacional de Teatro y su director, Luis Fernando Gómez, de presentar obras nacionales, se estrenó Viaje al mundo de los deseos de Rafael Ángel Herra. Y digo correcta porque la mejor manera de impulsar el quehacer teatral es a través de un crecimiento de la dramaturgia costarricense para que, como un árbol sembrado en tierra fértil, dé frutos para beneficio de la cultural nacional.
No me fue posible, por motivos de salud, asistir a los ensayos o, siquiera, al estreno, como es mi costumbre, pero no podía dejar de ver esta obra que me interesó desde su publicación inicial como novela. La puesta es monumental en más de un sentido. Están en escena cerca de 50 personajes que van llevando a los espectadores a través de diferentes etapas de un viaje -¿físico, mental, imaginario?- hacia una meta que es final e inicio, final de la búsqueda e inicio de una vida nueva, más satisfactoria y productiva.
De doble filo. El director, Mauricio Astorga, dio gran importancia a la parte visual, que es muy bella, y utilizó muchos actores jóvenes, arma de doble filo ya que apor- tan frescura y cierto encanto e inocencia, pero carecen de experiencia teatral, por lo que incurren en defectos de dicción y de volumen.
Aprovechando la amistad que tengo con el autor, amistad que se inició hace ya muchos años durante las agradables veladas a las que nos invitaba en su bella casa Guido Fernández, entonces director de La Nación, y continuó cuando fue director de Áncora y me llamaba por teléfono para pedirme colaboraciones, tuve una agradable conversación que me aclaró algunos puntos importantes para apreciar la obra.
"Desde el punto de vista formal traté de adaptar la novela a la concepción dramática, que es muy diferente de la narrativa. Eliminé algunas escenas y escogí otras que me parecieron más dramáticas. Algunos personajes, como Tremelán, pierden protagonismo. El texto original era de mucho diálogo y traté de agregarle más acción".
Vida en la muerte. Le dije que, para mí, la influencia de El Quijote no era muy clara. "Es cierto. Escogí el nombre de Maese Pedro, como titiritero, pero las aventuras de Orellabac no tienen nada que ver con Cervantes. El viaje es la eterna búsqueda de la cultura, de la lectura, que hacen, o deben hacer, los seres humanos para elevarse un poco al menos de las cosas materiales, del afán de atesorar dinero, del egoísmo, de la mediocridad. Al final Orellabac abandona el mundo de la fantasía y con la llegada de la muerte encuentra la vida".
Rafael Ángel Herra fue catedrático de la UCR, exembajador en Alemania y en la Unesco, y ahora autor dramático. Bienvenido al teatro costarricense.