Los adultos de generaciones mayores puede que recuerden el dicho. Los chiquillos lo espetaban a quien se atrevía a regañarlos por haberse portado mal y los acusaba de un comportamiento vergonzoso. “Vergüenza es robar”, decía el acusado con descaro, seguro de que su falta no entraba en esa categoría. Varias décadas han pasado desde que la ingenua defensa desapareció del uso infantil, pero pareciera retomarse en el ámbito de economistas, políticos y hasta de analistas éticos preocupados por la actual crisis financiera y económica.
Como que a la hora de buscar las causas de los problemas y tirar líneas para sus soluciones, de inmediato se levanta el dedo acusador sobre ejecutivos que se auto- rrecetaron sueldos extravagantes, sobre inversionistas fraudulentos y sobre los que negociaron con hipotecas basura, entre otros. O sobre las malas regulaciones financieras, los fallos de las agencias calificadoras y los responsables de que esos mecanismos no funcionaran. En efecto, ahí puede identificarse, aun y con toda la habilidad y técnica desplegadas, una comisión de robo. Y ese tipo de robos, de cuello no tan blanco, es más que deshonesto.
Problema de ética. Sin embargo, es necesario recalcar que no solo a eso se reduce la vergüenza de la crisis y el reclamo de un juicio ético. El asunto de los ladrones y aprovechados del sistema, de indudable trascendencia en el campo de la moral personal, lamentablemente existirá en cualquier circunstancia y forma de organización financiera. Lo de las regulaciones, de forma directa es un tema legal, más que ético, por importante que sea considerando el otro dicho de que “en arca abierta hasta el justo peca”. No obstante, si se tiene una real preocupación por introducir los valores éticos en la economía, hay que ir más allá de estos dos planos.
Con ladrones o sin ladrones, con regulación o libertinaje, la dinámica de una economía no puede considerarse ética si no se dan ciertas condiciones claves. Los objetivos de su funcionamiento deben ser explicitados y construidos colectivamente; tienen que funcionar de manera correcta conforme a los intereses de todos los grupos sociales y servir para el bienestar de toda la población. Es decir, el “para qué” y el “para quiénes” de la economía deben ser definidos conforme a valores éticos.
Cierto que algunos manuales y sus seguidores todavía creen que estas preocupaciones se resuelven técnicamente con el buen funcionamiento de mercado, pero eso es una creencia no respaldada por los hechos; y en temas tan importantes es inadmisible la adhesión ideológica a dogmas.
El enfoque ético plantea preguntas adicionales sobre la “lógica” con la que funciona el modelo económico imperante. No renuncia a considerar los propósitos de eficiencia, productividad y rentabilidad, pero tampoco se limita a estos. Exige añadir otras perspectivas –la del bien común, la de la centralidad de la persona humana y la del respeto a la naturaleza–, sin dejarlas a nivel de discursos teóricos o retóricos. Pide traducirlas y hacerlas operativas en metas mesurables de equidad, justicia y sostenibilidad aplicadas a las políticas concretas laborales, salarios y empleo, de producción y ganancias, tributarias, financieras y de fortalecimiento institucional.
Esta manera de introducir valores éticos en la economía genera otros cuestionamientos sobre rasgos estructurales de la actual dinámica económica. Por ejemplo, sobre la llamada “financiarización” de la economía, facilitada por los procesos de desregulación y que en las últimas décadas ha privilegiado la rentabilidad financiera por encima de los objetivos de producción y empleo. Hay que entender que las crisis actuales no son ajenas a este fenómeno.
Análisis radical. Si se acepta que en la raíz de la economía se encuentran ausencias éticas y se quiere con sinceridad resolver esos faltantes, es preciso entonces no limitarse a examinar los últimos eslabones de la cadena, es decir las crisis recientes. Tampoco quedarse en la dimensión de moral personal de muchos responsables. Es preciso revisar todos los factores que condujeron a la situación actual. Este examen debe guiar también los “planes escudo” y dar hondura a los intentos de “rescate” de la economía.
Sigue siendo cierto que robar es una vergüenza, pero la es mucho mayor que nos hayamos acostumbrado a contar con una economía en que –en los momentos de crisis y en los de pujanza– parece aceptarse de modo conformista la creciente brecha de ingresos y oportunidades, y el aumento de números absolutos de los pobres, como si fueran parte normal del paisaje permanente.