La caridad de los primeros cristianos suscitó el asombro de los paganos. El emperador Juliano se inspiró en ella cuando intentó restaurar en el siglo IV la religión antigua y llegó a decir: “Es vergonzoso que los impíos galileos (cristianos) alimenten, además de los suyos, también a los nuestros”.
San Justino, en el siglo II, hace referencia a las colectas dominicales para ayudar a los más necesitados y por san Hipólito se sabe que el hacerse cargo de ellos y de los hambrientos no era solo tarea de los diáconos sino de todos los fieles. Del siglo III nos llegan noticias de cómo se ocupaban los cristianos de cuidar a los enfermos, aun con el riesgo de contagio por la peste, mientras los paganos abandonaban a sus familiares. Luciano de Samosata observa la privilegiada situación de viudas y huérfanos en el reparto de recursos de la comunidad cristiana.
A Santa Elena se le deben los primeros hospitales cristianos, iniciativas que prosperaron en cuanto comenzó la paz constantiniana. Llamativo para los paganos fue ver cómo los cristianos no solo enterraban a sus muertos, sino que también lo hacían con todos los que no tenían sepultura, víctimas de calamidades públicas y naufragios.
Igual dignidad. Respecto a la milenaria institución de la esclavitud, los seguidores de Jesucristo proclamaron la igual dignidad de todos, abrieron la nueva fe a los esclavos y comenzaron a destinar una parte de las limosnas a su liberación. En contra de lo que establecía el Derecho Romano, la nueva religión reconoció el matrimonio entre esclavos y autorizó el matri- monio entre libres y esclavos, y exigió -cuando cesaron las persecuciones- la liberación de estos.
Frente a la total sumisión que tenía la mujer en las religiones antiguas -recordemos la prostitución sagrada tan extendida en aquella época- y el estatus de menor que le adjudicaba el mundo romano, la mujer fue encontrando en el cristianismo su gran liberación. En la sociedad medieval tuvo el espacio que le permitió gobernar feudos, dirigir monasterios, votar en las comunidades rurales o ejecutar actos jurídicos sin previa autorización de su esposo. Le Goff habla de una "revolución" que comienza en los inicios de esa época, y que refleja el poder ejercido por las reinas medievales, lo que contrasta tanto con las mujeres de la antigua democracia ateniense -privadas de derechos políticos- como de las matronas romanas que quedaban excluidas de la vida política de la República. Sorpresivo podría resultar para algunos el encontrar en la Europa posmoderna menos mujeres "primer ministro" que reinas gobernantes o regentes en la Edad Media.
En Costa Rica. A lo largo de los siglos, la Iglesia ha generado motores de la caridad de la talla de san Vicente de Paúl, san Juan de Dios, el Padre Damián o la Madre Teresa de Calcuta. En la Costa Rica del 2000, desde el punto de vista institucional, la Iglesia Católica contaba con 116 instituciones dedicadas a la educación, 136 dedicadas a la beneficencia, y sería imposible contabilizar estadísticamente las innumerables inicia- tivas personales de católicos en estos mismos campos. Qué no decir de la impactante propuesta del Compendio de doctrina social de la iglesia para el mundo contemporáneo.
La encíclica Deus caritas est, de Benedicto XVI, es un buen punto de partida para conocer las consecuencias del amor cristiano por el prójimo. Vale la pena que algunos ambientes que se descristianizan y se convierten en sociedades desmemoriadas, escépticas y con tendencia a fijarse solamente en los errores, conozcan más a fondo esta historia de 20 siglos de caridad para retomar el hilo conductor.