Cuando uno llega al cine, sobre todo, a los más modernos, tiene que enfrentarse con una computadora que te acomoda adonde le da la gana y una niña de uniforme que te señala la pantalla y sin siquiera conocerte -gracias a Dios-, te dice: "Donde querés sentarte, porque no sabés que aquí se reservan las entradas", y te venden la silla en primera fila, desde la cual sólo ves el centro de la pantalla, pues a los lados ya no te alcanzan ni los ojos ni los anteojos.
Ya dentro del cine comenzó otra tragedia: más de la mitad de los clientes comen de todo y beben de todo, por supuesto, sólo de lo que vende el cine; pero cualquier día de estos se podrá llevar portavianda y palangana de repollo picado con tomate y chicharrones con bastante limón, y tal vez se le pueda agregar un huevo duro.
Molienda dental. De aquí en adelante el cine se convierte en una comeduría centroamericana: hay una intensa y sonora molienda dental de pop corn y una tragazón, sorbiendo por la pajilla a todo meter, de a cualquier clase de refresco, en distintos tamaños. Los olores a comida van y vienen por todo el cine, peor si es pequeño.
La gente en una gran mayoría -¿no sé qué habrá pasado?- se ríe a mandíbula batiente de "meneítos", cuando algo trágico pasa. Los grupúsculos de chiquillos y chiquillas en filas de seis o siete se hablan gritando toda la película: del pantalón de "Geovanny" o la blusa de "Yamilé Yorleny", del bailecillo -"divi..."- del próximo sábado. ¿Será que no entienden lo que ven o no les importa? Es una falla monumental en la afinación de los sentimientos que le toca fundamentalmente al hogar y, luego, a la escuela si es que se interesa en eso.
Tengo montones de años de ver cine, mejor ya ni decirlos porque andan colindando con el cine mudo. Por esta circunstancia es que hay películas que gustan a jóvenes pero a mí no, pues he visto varias veces ya el argumento que me parece manido: la mamá con cáncer, la hija oprimida, el padre con querida, el hermano tarambanas, etcétera. De esta película habló muy bien mi amigo Víctor Flury, me duele no estar de acuerdo con él o fue que yo no entendí lo que vi.
Pensar en lo vivido. Pero, para compensar hay otra película que sí me encantó: "¿Conoces a Joe Black?". Con esta pregunta estoy por contestar que sí, pero que Joe me dejó por estos lados un tiempo más, ya que tenía muchos cabos que atar, y que todavía no he concluido, por las dudas. Lo que se plantea en la película es algo que pasa, sobre todo cuando se está por estas alturas de los años. Pues que suceda algo, que a uno lo conmueve y ponga a pensar en lo que ha vivido y cómo lo ha hecho. De si esa correspondencia ya estaba bien atada o si hay lugares dispares. Puede meditarse en la noche, cuando hay mucho silencio, cuando una furtiva luz de luna se cuela por la ventana y te ilumina y te despiertas. Ahora la pregunta es casi obvia: Habré hecho bien. ¿Por qué hasta ahora me han pasado cosas que esperaba desde hacía mucho tiempo? ¿Por qué Dios se esperó hasta ahora, cuando ya no falta mucho para el fin?
Este día la película fue impactante. Nadie habló y se comió con mucha prudencia. Me reconcilié con el cine y con los espectadores, en ese momento iguales que yo.
"Es la certeza -como dice Antonio Gala- de que la vida renace siempre, de que el milagro se produce siempre, de que existe una incansable posibilidad de recuperación...".