Un día de estos me sorprendió no tanto que un brasileño del Club Sport Herediano se fuera a jugar a 10 kilómetros de mi casa en Bélgica, sino porque, al entrar a mi banco, ahora lo tenga que identificar como “ache-esebecé”, tal como reza su publicidad. Yo había percibido algo parecido, en las últimas semanas, con los avisos de Scotiabank. Es que al tico, hasta al medianamente educado, le cuesta un mundo pronunciar cualquier cosa que no sea de su entorno inmediato. No, señora, nada de Escarcha Bank.
Ahora bien, respecto de los bancos y asuntos económicos, no cabe duda: en este bendito país tan tradicionalmente metido en lo chiquitico, acostumbrémonos mejor a pensar en grande porque, ahora sí, el mundo es un pañuelo, bien pequeño y bien sucio, pero pañuelo (y la misma metáfora existe en varios idiomas, no vaya el chovinista a creer que inventó algo).
Santiguado. Yo no sé si el mundo es plano, pero que se vuelve global, de interacción permanente, es un hecho. Ya estoy santiguado por esa mentalidad de hace dos décadas donde nos advertían, al estilo todavía de nuestro a la postre no tan eficiente Banco Popular, que lo grande no está en el tamaño del edificio, tampoco en que sea privado o estatal, sino que sea eficiente, competitivo y atento al usuario. El lema del banco HSBC refiere a “experiencia mundial” y ya lo creo: es Hong Kong y Shanghai en la puerta de mi casa; de lo que tengo duda es del “talento local” que evocan de manera un tanto lisonjera. En eso, perdonen mi franqueza acostumbrada, en los dos sistemas bancarios que conviven por aquí, tenemos mucho que aprender. Talento no es decir “con mucho gusto” a cada rato.
Insisto, preparémonos, mentalmente y a través de la misma educación (que en este momento más bien atornilla al revés, con un nacionalismo tan chato): pronto, aparte de esos bancos grandes que cambian nuestros esquemas de aldea, vendrá aquí una sucursal del Rabo Bank (que no tiene nada de escatológico) y de tantos otros. Nos obligarán a abrir la ventana. Estamos avisados, este es el mundo que nos espera. Llaman a la puerta (mejor ya de una vez, por favor, pongamos timbre). Asoma una cara conocida: ¡el Mundo!