Angustiada, la Magdalena pregunta: “¿Por qué esta noche es tan diferente de cualquier otra?”. “Porque todos los hombres son esclavos y a partir de ahora no lo serán”, responde María al principio de la ya famosa película La Pasión de Cristo, realizada por Mel Gibson. Jesús vino a redimir a todos los hombres, sin excepción. “¿Qué amor sería ese si excluyera a alguien?”, ha argumentado Gibson en defensa frente los ataques de quienes, antes de verla, acusaron su película de antijudía. Pero se equivocan en su apreciación: Jesús no murió por culpa de este judío o de aquel; murió por el pecado de todos los hombres. Y era judío Caifás, como lo eran José y María, Verónica, Nicodemo y el mismo Jesús. La narración de un hecho histórico no tiene por qué tomarse como un juicio. La historia es lo que fue.
Tildan la película de morbosa y violenta. “El filme, más que violento, es brutal. Como brutal fue, recuerdo, la Pasión”, afirma Vittorio Messori, un reconocido escritor convertido al catolicismo, que tuvo el privilegio de ser invitado a una exhibición previa al lanzamiento mundial de la obra. Y es que la película se atuvo cuidadosamente a las Escrituras. El martirio de Jesús, por su valor redentor de la humanidad no puede igualarse al sufrido por ningún otro ser humano; pero no hay que ser hipócritas: su exhibición gráfica no puede impresionar más que los miles de filmes violentos que son el pan nuestro de cada día. ¿Será que lo que choca es admitir que lo padeció por cada uno de nosotros?
Que el corazón entienda.Los diálogos se hicieron en arameo y latín, las lenguas de la época, porque, para Gibson, “el valor redentor de los actos y de los gestos que tienen cumbre en el Calvario no necesita de expresiones que todo el mundo pueda comprender”. Según Messori, para su realizador esta película es una misa que “si la mente no comprende, mejor. Lo que importa es que el corazón entienda que todo lo que sucedió nos redime del pecado…”. “El prodigio, por tanto, me parece que se ha realizado”, continúa Messori: “pasado un rato, se abandona la lectura de los subtítulos para entrar, sin distracciones, en las escenas –terribles y maravillosas– que se bastan a sí mismas”.
Narra el periodista que en el set ocurrieron cosas asombrosas, como conversiones, liberaciones de las drogas, reconciliaciones, abandono de relaciones adúlteras, apariciones de personajes misteriosos y hasta dos relámpagos, uno de los cuales alcanzó la cruz sin herir a nadie. También hubo bellas casualidades como que la actriz que personificó a la Virgen se apellida Morgenstern, 'estrella de la mañana', como la letanía del rosario.
Inigualable labor social. Quizás la razón por la que la película ha causado tanta polémica es la fuerte corriente mundial que pretende desplazar a Jesús con creencias livianas, mezclas de panteísmo, liberalidad y comodidad. En estos tiempos, cuando pocos católicos como Gibson reconocen su credo y lo difunden a través de su trabajo, cuando los errores de algunos miembros de la Iglesia Católica reciben mucha mayor publicidad que la inigualable labor social, formativa y caritativa que realizan millones de católicos, y en los que resulta incómodo que nos recuerden que hay un Cielo, cuyas puertas nos abrió Jesús, que solo se gana con esfuerzo y con fe, no es raro que un filme de ese tipo genere rechazo.
Optimista del éxito que tendrá esta película, Gibson ha dicho: “Si esta obra falla, durante 50 años no habrá futuro para el cine religioso. En esta película hemos echado el resto: todo el dinero que hacía falta, prestigio, tiempo, rigor, el carisma de grandes actores, la ciencia de los eruditos, la inspiración de los místicos, experiencia, técnica de vanguardia y, sobre todo, nuestra certeza de que valía la pena, de que lo que ocurrió en aquellas horas incumbe a cada uno de los hombres. Con este hebreo tendremos que vérnoslas todos después de la muerte. Si no lo lográramos nosotros, ¿quién podrá hacerlo? Pero lo conseguiremos, estoy seguro: nuestro trabajo ha estado acompañado de demasiados signos que me lo confirman”. Que así sea.