Las cifras económicas y sociales representan una forma parcial de ver la realidad. Unos celebran el crecimiento económico y otros los contrastan con resultados sociales, donde se verifica que el provecho es solo para pocos. Uno de los datos que más me ha impactado es el porcentaje que representa actualmente la masa salarial en el producto bruto. En los albores de la globalización, esa cifra rondaba cerca del 50% en Costa Rica. Esto significa que la suma de lo pagado en salarios era la mitad de la producción total. En el 2001, esa cantidad había descendido al 28,37% y en el 2005, todavía más, al 27,14%. Esto es sencillamente escandaloso. Puede argumentarse que creció la informalidad en la economía, pero nunca se podrá negar una verdad irrefutable: el crecimiento económico y el aumento de la productividad se los están apropiando unos cuantos. Esto describe descarnadamente lo que pasa en el país y en el mundo, pero siguen tratando de impresionar con fríos números económicos.
Confieso que el artículo de mi amigo, Jaime Ordóñez, “El dinero no vale (casi) nada”, me provocó estas reflexiones. En él, revela interesantes resultados de las investigaciones hechas por el economista costarricense Mariano Rojas, en las cuales descubre que el dinero, la acumulación de riqueza material y cosas parecidas cuentan solo en un 5% como factor para alcanzar la felicidad. El amor, el trabajo placentero y la salud cuentan mucho más.
Conceptos relativos. Bastantes pensadores de nuestros tiempos sostienen que la economía actual, más que una ciencia, es una ideología y parte de premisas equivocadas, como la supuesta “racionalidad” de los actos económicos, y la propia idea de que el ser humano es una especie de homo oeconomicus cuya vida gira en torno a su mente económica. El ser humano busca felicidad, y satisfechas las necesidades básicas, las cuestiones materiales con que pretende alcanzarla son apenas espejismos. No existe una vía materialista hacia la felicidad y la plenitud humana. Conceptos como progreso, desarrollo y crecimiento son tan relativos como el continuo espacio-tiempo, que se curva en la cercanía de grandes estrellas. Esos conceptos también se curvan ante las culturas y la raíz espiritual de los pueblos.
“Yo no envidio los goces de Europa”, dice la Patriótica; y yo tampoco ambiciono los de Chile, con los cuales nos quieren matar de envidia a los costarricenses. De nuevo, las cifras económicas por lo general no describen bien la realidad. En Chile, el enorme agujero negro de su desigualdad social se traga todo avance y hasta está acabando con las pensiones y la seguridad social de su pueblo. Son la educación, la paz, la armonía, la belleza, la igualdad, la alegría, el amor y otros, la causa de la prosperidad, pero esos aspectos tan importantes no figuran en ninguna ecuación económica.
Peor que el comunista. Sí, ciertamente, hace falta una nueva ciencia económica. Un financista como George Soros, lejos de ser un socialista, advierte que el fundamentalismo de mercado con que nos quieren subyugar entraña más peligro que el totalitarismo comunista. En realidad, en nombre de conceptos supuestamente científicos y de un economicismo consumista y voraz, se impone una enfermedad de la cultura que está destruyendo al planeta y se tienta a los pueblos con modelos inservibles, con promesas de empleo y hasta la eliminación de la pobreza.
No es cierto que el crecimiento económico sea la única vía para reducir la pobreza. De hecho, este se puede dar con desigualdades y desempleo. No existe una vía estrictamente económica para acabar con el hambre y la pobreza, ni tampoco estatista o paternalista. El hambre y la pobreza se acabarán en el mundo cuando los veamos como la inmoralidad que realmente representan. La corrupción no se acabará con la ley, sino con el culto a la verdad. La cola no mueve al perro ni la calidad de la copa determina la excelencia del vino, como pretende la lógica del reduccionismo económico y político. La realidad debe verse desde otros ángulos.
Cifras y realidades. Fernando Araya escribió otro artículo que llamó “Confites en el Infierno”, hablando de lo lejano de las cifras económicas de las realidades sociales. Y con el gran debate sobre el TLC podemos verlo bien. ¡Pobres pueblos centroamericanos! Sus TLC no son más que confites de sacarina en medio de la borrachera capitalista de sus oligarcas y conducen, además, a la capitulación del Estado democrático en favor de la corporatocracia que también denuncia Soros.
Sabio pueblo el de Costa Rica que resiste la imposición del TLC, a pesar de un ataque propagandístico ni siquiera visto en las viejas dictaduras de Latinoamérica. Como hemos visto, el cielo no está en Babilonia y la prosperidad también tiene amplias dimensiones humanas y espirituales, cuya savia estaría amenazada por la vorágine monopolística que implica el TLC.