Hubo un tiempo, cuando la clase dirigente soñó con la unidad territorial y política, fundada en la unidad histórica (la Guerra contra Walker se interpretó, a finales del siglo XIX, como una gesta de unidad nacional, y lo era, pues sirvió para vencer la más odiosa forma de filibusterismo colonialista que respaldó la soberbia yankee de entonces), mas ¡nuestra patria es, ahora, una nación dividida!
Hubo quienes proclamaron la unidad religiosa: la creencia católica llegó a convertirse en religión de Estado. Se pretendió, incluso, exaltar cierta homogeneidad lingüística: el español pasó a ser lengua "oficial", con exclusión de otras variantes del habla, y así se arrinconaron las lenguas aborígenes. Hasta se forjó la imagen de una supuesta igualdad étnica, según la cual los habitantes pertenecían, en su mayoría, a la mal denominada "raza" blanca, una visión miope que no tomaba en cuenta que indígenas, negros, chinos y mestizos eran también costarricenses.
Separación radical. El antagonismo y la diversidad imperan por doquier. Dirán algunos que este es el signo inequívoco de una democracia, pero esta explicación no satisface. La división es, a veces, radical. Lo es entre quienes confían en el fruto de su trabajo, para sobrevivir o prosperar, y quienes, a la inversa, se afanan por lograr un enriquecimiento ilícito, despojando a los otros de sus bienes e, incluso, de su vida, mediante la extorsión o el asesinato alevoso. Lo es entre quienes luchan por conservar la vida y por superar el flagelo de las enfermedades y entre quienes buscan, desde la orilla opuesta, la degradación y el envilecimiento, o convierten nuestras carreteras en trágicos escenarios, amparándose en la droga y el alcohol. Lo es entre quienes se ejercitan en el razonamiento crítico y se consagran al conocimiento científico de la naturaleza y enseñan a las jóvenes generaciones a crecer responsablemente, en tanto otros, desde la trinchera que les brindan algunos medios de comunicación, masifican al ser humano, lo manipulan ideológicamente y lo convierten en un sujeto dócil a la influencia de las creencias y las supersticiones. Pero también están divididos los costarricenses en su intención política, entre quienes se afanan por demostrarnos la conveniencia de ciertas doctrinas en boga y las ventajas de la globalización económica (pues no se trata de menospreciar la globalización cultural y tecnológica), que le permite a las multinacionales imponer sus leyes comerciales a los países subdesarrollados, frente a esa vasta mayoría silenciosa que no logra entender los efectos positivos de la avalancha de mercancías que propicia el intercambio mundial como no sea para endeudarse más allá de sus limitadas posibilidades, y que solo percibe cómo el café y otros productos agrícolas a los que ha dedicado todo su esfuerzo, naufragan en las contingencias de ese mercado globalizado.
Nebulosas esperanzas. No es de extrañar, entonces, que mientras un 57 por ciento de los costarricenses para quienes todavía la política representa algún "estilo" de vida acepten el sistema democrático vigente y estén dispuestos a votar por los actuales candidatos, haya un 43 por ciento más escéptico, con un 28 por ciento que francamente ha perdido toda fe en la política nacional y no simpatiza con ningún partido, y otro 15 por ciento que, si bien está insatisfecho con la corrupción y las debilidades de la clase política, colaboraría gustoso con nuevas agrupaciones cívicas que puedan asegurarle nebulosas esperanzas de cambio.
Ante esta crisis de conciencia e identidad colectivas, no se vislumbra un proceso de educación política que ayude al ciudadano a resolverla. Los candidatos siguen aferrados a los mismos patrones de convencimiento, con la esperanza de que, al final, las falsas promesas tendrán siempre algún efecto y mediante la prédica política pueda llegar a imponerse el mito de los caudillos y se mantenga, incólume, el discurso de la clase dirigente, que es, al fin de cuentas, quien realmente maneja los hilos ocultos de nuestro destino político.