Chai Ling, sobreviviente de la masacre en la Plaza de Tiananmén en 1989, publicó recientemente un extraordinario relato sobre la situación caótica creada en China por la Revolución Cultural. Esta ola de fanatismo y violencia desatada en 1965 para "purificar" ideológicamente al país ahondó la miseria y produjo una hambruna fatal. Muchas familias, a fin de subsistir, hicieron tratos letales para devorar a sus hijos. El canibalismo político llevó a la antropofagia como escape de la inanición.
Con el fallecimiento de Mao, en 1976, y las posteriores reformas económicas de Deng Xiaoping, la fiebre revolucionaria cedió al pragmatismo. La China de Deng y luego de Jiang Zemin devino en algo muy distinto de la China bajo Mao. Una transformación similar se dio en la Unión Soviética tras la muerte de Stalin en 1953. Su sucesor, Nikita Jruschov, solía insistir en los deseos de "música y buen gulash" de la población. En ambos imperios totalitarios disminuyó el terror y mejoraron las condiciones de vida al tiempo que ciertas aperturas fueron ensayadas para estimular la economía. Dichos experimentos, sin embargo, excluyeron las libertades políticas, principalmente el derecho de la libre expresión, anatema en los sistemas de partido único cuyos rectores ejercen el monopolio de la verdad exclusiva.
Testigos de la masacre. La China contemporánea, a pesar de sus avances capitalistas, no ha sido una excepción. Las manifestaciones en favor de la democracia, realizadas mayormente por estudiantes en una coyuntura de acercamiento al Oeste, hacia finales de la década de 1980, motivaron nerviosismo en la cúpula gobernante y desembocaron en las matanzas de Tiananmén.
Pero este espasmo represivo, a diferencia de las batidas persecutorias de épocas previas o en otras latitudes, fue presenciado por testigos calificados: una multitud de periodistas extranjeros y las cámaras de cadenas internacionales de televisión. El repudio mundial ante los extremos sanguinarios, difundidos en pantallas y primeras planas a todo color, condujo al aislamiento de Pekín. No obstante, gracias en especial al comercio con Occidente, China ha venido superando el ostracismo.
Cuando la embestida de Tiananmén tuvo lugar, un célebre disidente cumplía una larga condena en alguno de los campos de trabajos forzados, copia de los gulags soviéticos propios de los edenes socialistas. Wei Jingsheng, otrora electricista en el Zoológico de Pekín, era un veterano de la Revolución Cultural en la que participó como líder juvenil. Su celo radical lo llevó a poblados lejanos donde, de paso, constató la pobreza resultante del comunismo.
Impresionado por la desesperación de infinidad de conciudadanos famélicos, sucios y harapientos, Wei quiso expresar públicamente su horror. La mordaza del partido se lo impidió. Más tarde, en 1979, sus proclamas en defensa de la democracia y la libertad le valieron 15 años en prisión. Seis meses después de completar la pena, en 1994, fue sentenciado a 16 años de cárcel por pregonar los derechos humanos. Durante su prolongada estadía en los campos de esclavitud, Wei mantuvo viva la campaña en pro de la democracia. Una colección de las cartas que dirigió a los dirigentes chinos y diversos escritos fue publicada hace algunos meses (The Courage to Stand Alone: Letters from Prison and Other Writings) por la editorial estadounidense Viking.
La gesta de Wei no pasó inadvertida. El disidente se convirtió en la luz que iluminaba tesonera las tinieblas del gulag. La admiración mundial por ese ejemplo de valor personal ha sido subrayado en reiteradas nominaciones al Premio Nobel de la Paz y un cúmulo de honrosos galardones. La causa de Wei representa la de miles de mártires victimizados por el despotismo chino. Y las interpelaciones del exterior sobre la suerte de Wei causaban escozor en Pekín.
Era inevitable entonces que el presidente Jiang Zemin enfrentara una lluvia de cuestionamientos sobre los derechos humanos durante su gira a Estados Unidos hace tres semanas. Ahí, aparte de presenciar protestas públicas por los abusos de su gobierno, debió escuchar repetidas instancias de funcionarios para que respetara las libertades fundamentales. Tampoco faltaron las obligadas preguntas sobre Wei en la Casa Blanca y el Capitolio. El alarmante mensaje de la visita consistió en que los vitales negocios con Estados Unidos podían verse afectados debido a los prisioneros de conciencia.
Un pequeño gesto calmaría las aguas, pensó Jiang. De esa forma, la semana pasada Wei obtuvo licencia para viajar a Estados Unidos y recibir tratamiento médico. Casi dos decenios en prisión perjudicaron su salud y peligraba fallecer en la cárcel. Dichosamente su liberación no atenuó el llamado mundial en favor de los mártires. En una emotiva ceremonia en Nueva York, el viernes último, Wei anunció su eventual retorno para proseguir la lucha. Voceros de Pekín respondieron que, si regresaba, sería obligado a terminar la condena. La réplica del disidente: la libertad es ineludible en China.
En un señero estudio, hace tres décadas, Samuel Huntington (Political Order in Changing Societies) anticipó el uso de la fuerza por los dirigentes comunistas chinos para aplastar las demandas libertarias. Pero la modernización económica conlleva cambios sociales que tornan obsoletas y derrumban las cárceles totalitarias. La historia no se detuvo en la URSS ni habrá de agotarse en China.