Nadie logrará olvidar a Ali Ismail Abbas -aquel niño iraquí de 12 años que, entre los escombros de su hogar devastado, perdió a sus hermanos, padres y abuelos, sus dos brazos y ambas piernas- cuando, con una sonrisa conmovedora, imploró ante las cámaras: "¡Devuélvanme lo que me han quitado!".
Quienes conservan aún vestigios de solidaridad y compasión, no lograrán entender que -conforme con la moderna jerga belicista y el código ético de los fanáticos de la guerra- ese párvulo mutilado, los heridos y las 100.000 víctimas civiles que han perecido en esa incursión punitiva, no son más que insignificantes "daños colaterales".
Ese blitzkrieg -ataque relámpago de dos semanas- logró una victoria militar fulminante, porque la sideral superioridad tecnológica y militar del "Eje del Bien" le permitió pulverizar los decrépitos escombros del ejército iraquí y proclamar apoteósicamente, como César: "Veni, vidi, vici!".
Burla y desafío. Además, el presidente Bush se permitió el lujo de burlarse y desafiar a las grandes potencias, a la OTAN, a la ONU y al planeta entero, demostrando paladinamente que, en toda la redondez de la Tierra, no existe contrapeso a su colosal poderío y a su voluntad imperial.
Triunfó al derrocar una tiranía, pero no en democratizar un archipiélago étnico disparatado, con una larga tradición de teocracia autoritaria y cuya identidad nacional, engendrada por inseminación artificial, es tan frágil que arriesga desintegrarse en la anarquía.
A su vez, el pregonado "efecto dominó", de contagio democrático, no ha surtido efecto y sería interpretado por todos sus aliados sumisos y despóticos -Pakistán, Kuwait, los Emiratos, Arabia Saudita, Kazajstán, Turkmenistán o Uzbekistán- como un acto de subversión y deslealtad.
A su vez, la ocupación de una posición epicéntrica en la zona que concentra el 75% de las reservas petroleras mundiales, por la nación que apenas posee el 3%, pero consume el 25% del oro negro, constituye un logro estratégico conforme con el Proyecto para el Nuevo Siglo Americano (PNAC) de perpetuación hegemónica, aunque frustrado por el sabotaje permanente de oleoductos y refinerías.
Pero festinar una "guerra preventiva" sin provocación, ni un casus belli legítimo, sin armas de destrucción masiva ni nexos con los talibanes resultó torpe, así como asociar a Inglaterra, por los siniestros recuerdos del saqueo colonial, cuando Iraq fue botín de guerra en el alegre reparto del imperio turco en 1918.
Trampa letal. Suponer que sus tropas serían ovacionadas como libertadores, olvidando el rencor por el boicot que, durante 11 años, provocó la muerte de un niño cada 6 minutos ha sido un error, como subestimar la capacidad de resistencia de un país orgulloso que, despojado del petróleo y de su soberanía, se ha convertido en una trampa letal y en una cantera de terroristas.
A su vez, el "Eje del Bien" cometió un grave error provocando un vacío de poder, al desmantelar el andamiaje estatal y las fuerzas del orden, funciones que fueron asumidas por sus fuerzas de ocupación, lo que desató una resistencia tenaz, feroz y letal en un pueblo que detesta más a los invasores que a los dictadores.
Así, esa guerra pírrica cambió de naturaleza, se vietnamizó y se volvió endémica, lo que denigra, desmoraliza y desprestigia a la hiperpotencia que, con solo el ruido de sus sables y sus tambores, hace trepidar el planeta. Paradójicamente, ganó la guerra, pero perdió la paz.
Paralelamente, ha provocado una vendimia de odio en 300 millones árabes y 1.000 millones de musulmanes que, como una quinta columna solidaria y diseminada por el mundo entero, lo están convirtiendo en un vasto campo minado.
Mientras tanto -al recordar a Ali Ismail Abbas, implorando que le devuelvan todo lo que le arrebataron- muchos millones de ciudadanos en el mundo, temblando de pánico, se preguntarán: "¿Se estará aproximando el día en que nos 'democratizarán'?".