25 septiembre, 1998

El 15 de marzo de 1998 se cumplieron 80 años del asesinato de Rogelio Fernández Güell (1883-1918), en cuyo honor fue bautizada la avenida central de San José, aunque muchos (sobre todo los más jóvenes) ya ni se acuerden (si es que alguna vez lo supieron) de tal denominación.

En el ámbito de la reflexión histórica, del pasado y del presente colectivos, viene a cuento Rogelio, el héroe de esta crónica, cuyo crimen y el de varios de sus compañeros antitinoquistas en Buenos Aires de Osa fue el primer asesinato político de la historia nacional en este siglo de una trilogía estelar, junto con la masacre del Codo del Diablo, a mediados de la centuria, en el contexto de la revolución del 48, o el crimen de Viviana Gallardo, en la década de los ochenta.

Rogelio murió a los 34 años aplastado no sólo por la furia homicida de los esbirros de Tinoco sino también por el abandono (¿la traición?) de los que le ofrecieron su apoyo en el levantamiento contra el régimen dictatorial y que, a la hora de hacer valer su palabra, se echaron para atrás. Más que sus cálculos políticos, fallaron sus cálculos morales. La actitud de Fernández Güell, liberal y republicana, poco tenía que ver con el despotismo tinoquista. Ya de joven había tenido que abandonar el país por su lucha periodística contra los políticos conservadores del tipo de Ricardo Jiménez y Ascensión Esquivel. Fue durante la presidencia de este último que el muchacho dejó Costa Rica rumbo a España con la excusa de los estudios, pero lo cierto es que la represión liberal anda cerca (tiene dos hermanos confinados, uno en Nicoya y otro en Golfo Dulce) y más vale no tentar al diablo. Como puede verse, esto poco tiene que ver con la imagen bucólica que a veces se proyecta de un liberalismo patriarcal tolerante en la época del Olimpo cafetalero.

A España y México. España fue para el exiliado Rogelio tierra de aprendizaje político, erótico y esotérico. Ahí conoce a la que hará su esposa, ahí amplía sus lecturas- teosóficas, masónicas y espiritistas. Deja la península del Quijote y se marcha a la región de Quetzalcóatl, vuelve a América pero no a su patria, sino a México, donde rápidamente, gracias a su indudable talento aunque también a sus contactos masónicos y espiritistas, hace carrera. Fue nombrado cónsul de México en Baltimore, E.U., puesto en el que no dura mucho pues, ante un canibio de legislación, para seguir en el cargo debe renunciar a su nacionalidad costarricense, a lo que se niega. De nuevo en México ocupa otros puestos, hasta ser nombrado, en tiempos de su admirado Francisco I. Madero, como Director de la Biblioteca Nacional, entonces ubicada en el Exconvento de San Agustin. Allí trabaja cuando se da un golpe de estado: Victoriano Huerta derroca y asesina a Madero. Fernández Güell, como su aliado y protegido, está en la mira del usurpador. Rogelio y su familia deben huir de prisa. Atrás quedan la biblioteca, los muebles, los objetos queridos, incluso la edición completa de un libro de poesías, que Huerta manda a destruir, rabioso quizás porque la presa se le escapó. Otra vez el fantasma de la política hace que Rogelio prosiga su marcha.

De vuelta a Costa Rica. De vuelta al periodismo. ¿De vuelta a la arena Política? La verdad es que "de vuelta" no, puesto que nunca salió de ésta. Los personajes y las circunstancias con las que ha tenido que enfrentarse (en la propia Costa Rica, en España, en México, en Estados Unidos) han sido diferentes, pero la utopía libertaria ha sido la misma. Una utopía que se alimentó no sólo de la ideología liberal y democrática, sino también del ocultismo masónico y del espiritismo. Esto no era nada raro. En el siglo XIX muchos de los espectros que se manifestaban en las sesiones espiritistas empujaban a sus adeptos a la democracia. En los Estados Unidos, Washington y Jefferson fantasmales apoyaban desde el más allá a los abolicionistas en su lucha contra la esclavitud, igual que después, en el México porfirista, Morelos y Juárez se le aparecian a Madero para guiarlo en su revolución democrática. ¿Cuál fantasma republicano habrá apoyado a Rogelio cuando decidió alzarse en armas contra Tinoco? ¿Habrá solicitado para ello los servicios de Ofelia Corrales, la famosa médium de la época, consultada incluso por la gente cercana al dictador?

Constituyente y mártir. El retorno de Rogelio a Costa Rica se ve marcado no sólo por el periodismo y la literatura, sino también por su directa participación como constituyente. Entre los temas que se discuten está el de la pena de muerte, propuesta en el nuevo proyecto constitucional, a la que Fernández Güell se opone de plano, y, tras apasionadas discusiones, triunfa su punto de vista sobre la inviolabilidad de la vida humana. Ya sólo por este acto habría que recordar a Rogelio en una historia de los derechos humanos en nuestro país. Esta fue la batalla que ganó en la Constituyente, pero perdió otra: la del voto directo a la hora de las elecciones, ya no reducido a diputados y senadores, sino ampliado a todo el pueblo. Ante lo que consideró "un golpe de muerte a la República", abandona la Asamblea. Con Tinoco en el poda, Fernández Güell se ve en un dilema, pues mantiene una amistad personal con él y su círculo. Sin embargo, no pasa mucho tiempo sin que las diferencias se tornen en abierta oposición política, al grado de alzarse en armas. Igual que su siempre admirado Madero, Rogelio se inmoló en la lucha contra la opresión política: muertes paralelas.

El insurgente Rogelio pudo haber sido simplemente detenido y encarcelado por el régimen. Sin embargo, se optó por su muerte inmediata, igual que la de sus compañeros de armas. En la emboscada final, Rogelio cayó herido, una bala había destrozado su rodilla. El resto de las balas (en el cuello y en el cráneo) fueron disparadas, ya no por la obligación militar de cumplir el deber, sino con el odio de destruir al enemigo. Más que matado, fue rematado. Como trofeo de caza, su asesino cortó un mechón de los cabellos de su víctima y lo guardó en un pañuelo. Después, el cadáver de Rogelio fue saqueado.